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Si en nombre del amor debo restringir mi libertad de expresión, bloquear mis pensamientos y sentimientos legítimos o decir lo que no pienso para no afectar el equilibrio de la relación o para no crear “malestar” en el otro, mi vínculo estará regido por el sometimiento y la prohibición. No busques encadenarte a un corazón, prefiere volar con quien elijas hacia un horizonte común.

Si pretendes inmortalizar el amor, terminarás asistiendo a su funeral. Sólo disfrútalo. Si sientes que se está agotando, intenta salvarlo; a veces es posible hacerlo. Si pese a tu esfuerzo el amor se desvanece, simplemente acéptalo.

La infidelidad aunque en ocasiones no se ve se siente, tarde o temprano la sospecha empieza a molestar: “Algo ocurre”, “Cada vez está más distante”, “Está llegando tarde”, “Me habla menos”, y así. Una frialdad sutil, lenta e implacable, se va apoderando de la relación hasta congelarla.

El amor no está asociado al sufrimiento, por supuesto que no, pero el mal amor sí, el inseguro, el que vive temblando, el que no sabe lo que quiere, el amor cobarde. Sufrimos por amor porque el miedo nos obnubila la mente y el corazón: miedo a perder al otro, miedo a la soledad, al desamor, a ser demasiado felices y que se acabe.

No te merece quien te lastima intencionalmente. ¿Para qué seguir con alguien que nos hace daño? Un amor saludable no exige eso. Amar no es hacer un culto al sacrificio ni negociar los principios fundamentales. Si la persona que supuestamente te ama, te hiere o viola tus derechos, pues su manera de amar es enfermiza. El sentimiento aquí no tiene nada que ver. No se trata de ser un buen samaritano o poner la otra mejilla, un denuncio a tiempo es más efectivo, un alejamiento más recomendable. No solo tenemos que hacernos merecedores del otro, sino que la pareja también debe merecernos. Repito: la dignidad no es negociable, no importa cuantas arandelas amorosas quieran colgarle.

Vivir en pareja no significa renunciar a la individualidad. Todo ese asunto de ser “la media naranja” tómatelo como una metáfora, pero no lo creas. Nadie es la mitad de otro. Es más, que mantengas tu personalidad, tus gustos, tu manera de ver la vida a una relación es lo que la enriquece y la hace crecer.

En cualquier relación de pareja que tengas, no te merece quien no te ame, y menos aún, quien te lastime. Y si alguien te hiere reiteradamente sin “mala intención”, puede que te merezca pero no le conviene a tu vida.

Enamórate de ti, de la vida, de lo que te rodea, de lo que haces, de quien eres… Entrégate a vivir por y para tu bien, cultívate, nútrete, cautívate; ¿Por qué esperar a que otro haga lo que puedes hacer tú? No necesitas estar en una relación para sentir que todo es color rosa, si ya la vida misma es así. Fíjate en todo y cuanto te rodea, lo tienes todo para ser feliz, para sentirte único, para volar…

La mente humana es conservadora por naturaleza. El cambio asusta, desbarata e incomoda. Cuando algún hecho importante, novedoso o diferente llega al cerebro, se introduce el desorden. A la mente no le gusta revisarse a sí misma, se resiste, se niega, se esconde. Ella prefiere moverse en la costumbre, en los hábitos, y más en lo conocido que en lo desconocido, aunque este último parezca mejor…

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