Mes: enero 2016

Un secreto de amor.

Se había levantado sobre las siete de la mañana, muerto de cansancio. No había dormido nada; durante la noche se había despertado varias veces para ir al baño, había hojeado las páginas de una revista, incluso se había preparado una taza de leche caliente que había tomado sentado en el sofá delante del balcón. Todas esas pequeñas e inútiles cosas nocturnas que le condicionaban el humor y el estado de ánimo del día siguiente.
Recién levantado se había dado una ducha fría seguida de una taza grande de café caliente.
Sentado en un banco en el centro de la habitación, miraba alrededor y observaba con curiosidad aquellos rincones de la casa a los que normalmente no hacía caso intentando descubrir algo nuevo y misterioso. Como si durante la noche todo aquello que lo rodeaba pudiera transformarse en algo diferente.
El apartamento donde vivía, un pequeño ático de 50 metros cuadrados con una terraza desde la que se veía toda la ciudad, estaba en un séptimo piso sin ascensor. En la terraza había instalado una pequeña piscina la cual iluminaba en verano con velas colocadas en los bordes. Cuando por la noche llegaba a casa cansado del trabajo, se sumergía en aquella agua fresca degustando el último vaso de vino del día; Estaba allí dentro alrededor de una hora, pensando, ajeno a los ruidos y lejos de la gente.
El apartamento en cuestión parecía un campo de batalla, un verdadero desastre. Ropa por todos lados, zapatos debajo del sofá, revistas tiradas por el suelo, platos sucios en el fregadero desde hacía dos días y el cenicero, aunque no fumaba, lleno de cigarrillos de los amigos que lo visitaban. La mesa de madera cercana a la ventana estaba desbordada de papeles, de libros, de apuntes y de cuentos que aún no había terminado. No había espacio para nada.
Alrededor de aquel desorden que se le presentaba cada mañana cuando se levantaba, sus pensamientos crecían y circulaban sin parar. No le gustaba hacer las cosas con prisa. Necesitaba su tiempo; estaba ya acostumbrado desde hacía mucho a vivir solo y le gustaba aquel ritmo.
Le gustaba tomarse, sobre todo por la mañana temprano, un tiempo para él, donde, en el silencio, en la calma, en la tranquilidad y la soledad, reordenaba las sensaciones vividas y probadas durante la noche anterior.
Y así, aquella mañana, mientras una lluvia caía punzante sobre la ciudad ya desde hacía varios días y sus pensamientos vagaban libres, le vino de nuevo a la mente tres noches antes cuando fue a cenar con una amiga que no veía desde hacía tiempo. Lograba recordar nítidamente en los detalles, los diálogos que tuvo con ella y las palabras que se dijeron.

En el restaurante no había mucha gente y fuera hacía frío; él se había sentado en una mesa y hacía poco que había pedido una botella de vino. Ella llegó con veinte minutos de retraso y entró por la puerta con paso decidido, cuando lo vio, fue sonriendo hacia él. En el momento que se sentó aún antes de saludarlo y quitarse el impermeable, comenzó con ímpetu a contarle su vida.
Piel aceitunada, pelos rizados y negros como el carbón, ojos verdes como dos esmeraldas, un cuerpo marcado por el tiempo.
La recordaba simpática, alegre, inteligente y exigente en sus elecciones, sobre todo en lo referente a los hombres.
Hacía por lo menos ocho años que no se veían y a pesar de vivir en la misma ciudad; tenían vidas completamente diferentes, dos caminos opuestos que los habían llevado a perderse de vista.
Él había vivido una vida aventurera, sin miedo, que lo había llevado con los años a seguir sus pasiones y a quedarse solo pero feliz; porque esa había sido su elección. Consideraba impensable que el amor de su vida fuese algo ligero o superficial, sin peso. Creía, por el contrario, que su amor necesariamente tenía que ser la cosa más importante, sin el que la vida no hubiera tenido el mismo valor. Ella, había buscado una vida segura, adaptada, planificada, que la había llevado con el tiempo a casarse y a tener dos hijos y un trabajo estable y bien remunerado en la farmacia de propiedad del marido.
Esa había sido su elección.
Salió con aquella mujer cinco años antes de que conociera a su marido, antes de casarse, antes de tener los niños, antes de que tuviera un trabajo seguro…, antes de todo aquello… Ella era otra mujer, una mujer que lo había hecho enloquecer.
Mientras ella le hablaba sin parar, sin perder el aliento y a una velocidad sostenida, él, sentado allí delante, moviendo los dedos sobre la mesa, la observaba y se detenía a pensar en el tipo de vida que ella había llevado. La escuchaba sorprendido y curioso, prestando atención a lo que decía, incrédulo también por el tono triste y melancólico de sus palabras llenas de nostalgia.
Cuando llegó a hablarle de su marido, le mostró una foto que tomó del bolso, reconociendo explícitamente haber tenido mucha suerte por haber encontrado a un hombre tan fantástico, atento y siempre educado, que la quería mucho y no dejaba que le faltase nada. Un óptimo marido y un maravilloso padre para sus hijos. Él, que era escéptico por naturaleza sobre las afirmaciones de las mujeres, observaba sin mucho interés aquella foto, notando que el marido parecía más bien un buen amigo, un compañero de trabajo, una persona con quien contar, con quien hablar y confesar las propias inquietudes, pero eso, estaba lejos de hacer vibrar el alma de una mujer, de hacer palpitar su corazón, de enamorarla. Acostumbrado a vivir dentro de los esquemas, y programado también en el modo de amar, transmitía desde aquella foto una cierta inexpresividad que con el tiempo se habría transformado fácilmente e aburrimiento y ausencia de pasión. La vida, para un tipo de hombre así, no era una suma de experiencias más bien, un cúmulo de hechos para poder decir que había vivido. Estaban juntos y formaban una pareja, pero era una de aquellas tantas parejas para las que el estar juntos representaba solo una etiqueta visible, superficial y pasajera que se resquebraja a la primera diferencia.
Como se resquebraja todo lo que es simple y sin sustancia al primer obstáculo. Él todo esto lo sabía bien, la vida le había servido de escuela. Pero no se pronunciaba, no decía una palabra y continuaba a observarla.
Con ella, cinco años antes, vivió una gran historia de amor y de pasión. Entre los dos existía una química y una complicidad que los unía en un amor que parecía eterno.
Después de casi ocho meses que estaban juntos, él le pidió que lo acompañara a un viaje que tenía que hacer por trabajo por Latinoamérica, en Brasil, y continuar así, ese gran amor que parecía que no tener fin. Hubiera tenido que establecerse durante un año en Salvador de Bahía.
Era un chico lleno de vida, con una insólita creatividad y una admirable energía para afrontar las cosas. La fantasía que tenía lo llevaba con frecuencia a viajar, pero no quería nunca irse sin ella.
Pero ella…, para su gran sorpresa, ¡rechazó!
Trató de imponerse con sus exigencias, con sus prioridades de mujer, con sus ambiciones, con la necesidad de vivir otro tipo de vida, otro tipo de amor, y juzgándolo inmaduro e irresponsable, ¡lo dejó!
Fue entonces, solo después de pocos meses, que él desilusionado por la respuesta se fue de viaje, que ella encontró otro hombre, el que ahora era su marido.
Y ahora estaban allí, después de tanto tiempo sin verse, uno delante del otro.
Ella le hablaba, le hablaba…, hablaba delante de él que la miraba a los ojos verdes esmeralda cubiertos de un velo de tristeza, casi un velado de añoranza por no haber vivido y aprovechado ciertos momentos de vida que se le habían presentado como una felicidad escondida. Había tenido demasiada prisa por olvidar, por no sufrir, pero, sobre todo, por sustituirle y seguir adelante con su vida.

— ¡Con todo lo que me dices, no he entendido aún si eres feliz con este hombre! No he entendido si la vida que llevas te gusta y si estás bien con él. Creo que has llegado a transformar todos tus sueños en realidad. La realidad que tú querías y buscabas. Un buen trabajo, una casa bonita, una familia, los niños… pero cuando escucho tus palabras, noto un velo de añoranza, y cuando observo tus ojos ese velo de tristeza que los envuelve, se hace aún más evidente, y las sensaciones que me llegan hablando contigo me dicen que hay algo que no está bien…, ¿quizá me equivoco?

Esta pregunta abrió una puerta que ni siquiera él habría podido nunca imaginar lo que se escondía detrás. La expresión de ella cambió, se arrancó la máscara que la escondía de la verdad, y asumiendo aún más aquella cara de resignación, le confesó un secreto; el famoso secreto que tenía escondido dentro durante tanto tiempo… todo aquel tiempo que habían estado sin verse.

— ¡Nunca he amado a mi marido! Me casé con él para olvidarte. He creado una familia y he tenido dos hijos para intentar destruir las sensaciones que había alcanzado viviendo contigo y poder reordenar con calma mis pensamientos tan confusos. Cuando nos dejamos, yo estaba confundida, tenía miedo; insegura e impulsada por la desesperación y la tristeza interior, me agarré a aquel hombre, como te agarras a un árbol para no caerte.
Y aquel hombre…, como un árbol creó un fruto que no era suyo, porque no le pertenecía. Mi matrimonio ha sido un matrimonio de conveniencia y no de amor. Yo siempre te he amado a ti y nunca he dejado de hacerlo.

Las ganas que le permanecían dentro eran visibles y palpables, y no hacía nada para esconderlas; manifestaba abiertamente que él había sido su gran amor.

-Continúo deseándote como el primer día y nunca he dejado de hacerlo. Llevo todavía dentro de mi corazón, todos los momentos vividos y compartidos contigo, y cuando a veces estos pensamientos me atormentan por la noche, me levanto y salgo de la habitación que comparto con mi marido.

Él, al escuchar aquellas palabras, se quedó helado.
No habría imaginado nunca que aquella mujer aparentemente feliz conservaba dentro de sí misma un secreto inconfesable.
Nunca hubiera pensado que lo que le estaba contando tuviera un fundamento de verdad. Después de tantos años sin verse, creía que el tiempo había tenido la capacidad de borrar y olvidar. ¡Pero se equivocaba!

“El tiempo no borra ciertos recuerdos, no borra ciertas sensaciones vividas; el tiempo ayuda a superar para seguir adelante, pero no tiene la fuerza para hacer olvidar.
Nada se olvida, se puede solo recordar menos, pero todo lo que un día ha hecho brillar nuestra alma y llorar nuestro corazón queda sepultado en nosotros”.

Ella comenzó a contar con detalles los momentos vividos junto a él, el gozo y la alegría, los llantos y la risa que habían compartido años antes cuando salían juntos, con una nitidez y lucidez como si los hubiesen vivido hace solo una hora. Lo tenía todo claramente escrito en la mente como en un diario invisible que transportaba dentro de su corazón.

—Muchas veces haciendo el amor con mi marido he pensado en ti. Cuando nació mi primer hijo, teniéndolo entre los brazos, pensaba en cómo hubiera sido si ese niño hubiera sido tuyo. Mi marido estaba siempre presente en cada momento de mi vida, pero yo te deseaba a ti. Llegué a un punto en el que no podía soportar ni siquiera su presencia. Después de tres años de matrimonio probé a escribirte, a llamarte, a buscarte. Hubiera querido volverte a ver solo para tomar un café contigo, pero el miedo, el orgullo, las circunstancias en las que se desarrollaba mi vida me lo han impedido.
—Pero ¿cómo has podido vivir con este pensamiento dentro de ti? ¿Sobrellevar cada día esta lucha entre el corazón y la mente? ¿Estar físicamente con un hombre, pero desear con tu alma a otro?
—Pero ¿cómo no lo entiendes? Estaba insegura, confundida, tenía miedo de perder todo y de encontrarme sin nada. Quería convencerme de que para ti yo había sido un juguete del momento, una diversión, una cosa que hubieras sustituido fácilmente.
— ¿Para mí? ¿Un juguete del momento? Pero ¿qué dices? Tú para mí representaba el amor, el verdadero amor.
Pero ¿cómo no has podido entenderlo? Cuando me dejaste y tuve que irme solo, te pedí, te supliqué, te imploré para que vinieras conmigo. Para no destruir lo que existía entre nosotros, lo que la vida nos había regalado. Hice lo posible para hacerte entender que a veces en la vida, como en el amor, los instantes no se repiten y destruir algo grande es como ofender a la propia alma.
—Lo sé…, lo sé, perdóname…, perdóname, me he equivocado. Pero tenía medo. Eras tú el hombre de mi vida, eras tú el hombre que yo quería amar y no a mi marido.
Él solo ha sido un pretexto para salir de aquel desconsuelo donde había caído cuando te fuiste.
— ¡Fuiste tú quien me dejó!
—Sí…, sí es cierto…, es cierto. Y sin saberlo, caí en un pozo profundo.

Él, atento a lo que ella entre las lágrimas que le caían surcándole el rostro le decía, llegó a mala pena a balbucear alguna palabra sin sentido.

—Pero ¿por qué no me buscaste? ¿Por qué no me decías nada cuando estábamos juntos? Cuando salías conmigo tenías siempre una actitud arrogante, egoísta y prepotente. Estabas siempre rodeada de amigas y tan sumergida en tus cosas, que cuando me fui, pensaba lo contrario de lo que me dices ahora. Decidí irme aunque fuera sin ti, porque no veía en ti una mujer que me amara por lo que era, por el contrario, te sentía fría y hostil, y pensaba que no te interesaba más.
—Pero ¿no lo entiendes? ¡Tenía miedo! Miedo de enamorarme aún más de ti, miedo de sufrir, miedo de vivir una vida que hubiera sido un infierno a tu lado, siempre lleno de mujeres a tu alrededor, siempre dispuesto a viajar, siempre con una alternativa de vida.
— ¡Pero yo te pedí mil veces que te vinieras conmigo!
— ¡Tenía miedo! ¡Miedo! ¿Lo entiendes? Quería algo más seguro, más concreto, un futuro estable, quería darle a mi existencia una forma definitiva, pero no habría nunca podido imaginar que todas aquellas cosas hermosas que yo deseaba no tenían nada a que ver con la felicidad y con el amor, y si no se ama…, nada tiene sentido.
—Miedo…, miedo… ¿Tenías miedo? ¿Y yo? ¿Qué lugar tenía yo en tu miedo? Mejor…, mucho mejor tener miedo de las cosas y luchar por estas si cree que para ti valen la pena, que no temerlas pero estar aburrido al tenerlas.
Buscabas la estabilidad, la tranquilidad, pero ¿no sabías que la tranquilidad, a veces, se transforma en aburrimiento? Que no es otra cosa que la pérdida por parte del alma de la capacidad de ilusionarse, de soñar, de transmitir la pasión de amar. Esa tranquilidad que tú andabas buscando nace de la idealización de la persona (amada), porque por un encantamiento de la fantasía que te traiciona, crees haber conseguido el verdadero equilibrio. Pero después…, el tiempo que juega a favor de la realidad y de la verdad produce un desencanto y transforma (ese amor) en un afecto ausente de pasión o en la amargura de la desilusión.
En amor, como en casi todas los demás asuntos humanos, el acuerdo cordial es el resultado de un malentendido. Es muy fácil confundir el sentir con la compañía, el desear con el aceptar, la conveniencia con la oportunidad y el amor con la amistad. El amor…, en el alma no es otra cosa que pasión de prevalecer, en la mente es deseo de vivir y en el cuerpo es poseer lo que se ama. Pero para ti el amor era otra cosa. Querías amar lo que necesitabas, lo que te hacía estar bien, lo que te parecía cómodo y te convenía, lo que no te hacía pensar porque te resultaba fácil vivirlo. Y te convenciste de que eso fuera el amor. Pero el amor, amiga mía, es para los valientes, los demás es pareja.
— ¡No!, no… ¡No es así! ¡No es así! El amor también puede ser acompañado de un miedo terrible, el miedo al futuro y al riesgo a ir mas allá. El miedo de que todo conlleve solamente a la muerte de nuestra llamada libertad.
El miedo de ser heridos, porque amar significa hacerse vulnerables, amar es siempre un riesgo. A veces es mejor permanecer en el propio caparazón cerrado en sí mismo, porque basta una mirada para vacilar, basta que alguien tienda la mano para que inmediatamente se advierta todo lo frágil y vulnerable que somos, para que todo se derrumbe como una pirámide de fósforos y nos encontramos solo. Y yo, tenía miedo de que eso pudiera ocurrirme a mí.
— ¿Es por eso por lo que me dejaste? ¿Por qué no fuiste capaz de vencer tu miedo? Pero quien nada arriesga no hace nada, no tiene nada y no es nada. Podrá evitar el sufrimiento, quizá, pero no podrá aprender, sentir, cambiar, crecer, vivir o amar. Será un esclavo encadenado a sus certezas y a sus obsesiones. Quizá…, nunca se desilusionará ni sufrirá como los que tienen un sueño por cumplir, pero cuando se mire detrás de sí, tendrá la sola certeza de haber malgastado la propia vida, una vida sin amar.

Entre ellos, se produjo un largo momento de silencio, se habían dicho lo que habrían debido decirse muchos años antes y quizá, si hubieran hablado, hubieran podido salvar su relación, pero ninguno de los dos venció su propio orgullo. La cena había terminado, el camarero había ya quitado las mesas y en poco tiempo, el restaurante cerraría, ellos eran los últimos dos clientes que quedaban. Se levantaron y uno delante del otro salió del restaurante.
Hacía un frío terrible, un viento helado cortaba la cara, y una ligera lluvia anunciaba una noche aún más terrible.
Delante de la puerta del restaurante, antes de separarse, él la abrazó estrechándola como si quisiera protegerla o defenderla de alguien, en un abrazo denso y profundo que valía más que muchas palabras. En poco tiempo, ella habría vuelto a su vida de siempre, con su marido, en su casa; y el, en su apartamento, con su silencio y su soledad, con la vida que había elegido.

—Perdóname… —dijo ella, apartándolo un poco—. No he conseguido vencer mi miedo…

Él no dijo nada, la miró a los ojos durante un largo rato y desapareció bajo la lluvia.

¿Cuánta voluntad había tenido que emplear aquella mujer para llevar adelante aquel tipo de relación? ¿Cómo podía haber reducido el amor a una simple circunstancia de la voluntad, de la tranquilidad, del momento, de la conveniencia o de una sustitución por el miedo a quedarse sola? ¿Qué fuerza invisible la había empujada a escapar de una relación que ella amaba para entrar en otra que no le daba ni siquiera el sabor de la existencia?
He entendido que la felicidad no consiste en encontrar a alguien a toda costa para hacer un camino junto. Ser felices significa tener a ese alguien que nos hace vibrar el alma y latir el corazón. Solo con esa persona aquel camino tiene un sentido. Muchos temen que la felicidad sea un bien lejano, casi inalcanzable, motivo por el que corren hasta más no poder con la esperanza de acercarla, sin darse cuenta de que cuanto más corren, más se alejan.
La mayor parte de las veces, la felicidad se esconde en la periferia de lo que hacemos, y aunque no es evidente, es accesible a cualquier ser humano, a prescindir de su fortuna, de su condición social, de sus capacidades intelectuales, porque la felicidad no depende tanto del placer, del amor, de la consideración o de la admiración de los otros, sino de la plena aceptación de uno mismo… que consiste, en tener el coraje de recorrer el camino para el que has nacido.
He pensado, según mi filosofía de vida, que no todos nacen para hacer las mismas cosas o seguir los mismos caminos, tener un trabajo, una familia, tener hijos.
Cada uno de nosotros encierra en la profundidad del propio ser una semilla distinta que germina de forma diferente y que necesita de otras cosas. Esa semilla representa lo que estamos destinados a ser y a convertirnos.
Estamos demasiados preocupados por el futuro y ausentes delante de todo lo que se nos presenta. Parece que el mal, el dolor, el sufrimiento, la tristeza, vengan siempre desde fuera y no nos preguntamos nunca si somos nosotros mismos los que lo hemos creado. Casi nunca pesamos que lo que nos sucede sea una consecuencia de aquel universo donde los sueños y las ambiciones se mezclan confundiéndonos las ideas, y muchas veces conduciéndonos fuera de nuestro camino.
He pensado en lo que no podía saber ni entender, todo lo que no podré nunca saber ni entender, pero no he conseguido encontrar ninguna respuesta que me convenza.
Solo he entendido que se llega al fin de la vida, a veces, ni siquiera mirándonos a los ojos, o quizá se llega al final de algo, o al final de cada probabilidad que aquella cosa en aquella vida cambie. Nos viene concedido solo un largo momento de pausa para pensar, para entender cuánto basta y revolviéndonos en la fatídica pregunta… ¿Dónde nos hemos equivocado?
Y el alma pregunta.

samuelebeniabram@yahoo.com

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El Café

Tras un largo día de trabajo, hace poco que he vuelto a casa. Esta noche una amiga me ha invitado a una fiesta de “solteros”; una de esas patéticas fiestas llena de hombres que no follan nunca, y de mujeres que buscan desesperadamente alguno que lo haga.
Un poco contra mi voluntad me he dejado convencer para ir. En el fondo, estas reuniones de almas perdidas me despiertan curiosidad y me divierten. Cada uno de ellos para llamar la atención de otro da una imagen de sí mismo que no se corresponde. Los hombres se convierten en más serios e interesantes y las mujeres, en más ingenuas y románticas. A mí me parecen todos pésimos actores.
Cada uno es como es, con sus valores y sus defectos; si se vende de un modo que no le pertenece, con el tiempo lo que ha creado artificialmente será destruido porque está ausente de sustancia.

Mi amiga, que es una navegante nata en el organizar ciertas fiestas, me ha afirmado muchas veces que sería una noche excepcional, llena de mujeres interesantes para conocer. Yo lo he dejado hace tres meses con la que creía que fuera mi gran amor, al menos lo esperaba. Tras un año de pasión, todo se ha terminado.

— ¡Incompatibilidad de vida! ¡Incompatibilidad de caracteres! —me ha dicho cuando ha cerrado la puerta al irse—. ¡Somos incompatibles!

¿Qué significa incompatibilidad de vida?
A mí me ha sonado inmediatamente como una imbecibilidad colosal, pero mi tentativa de convencerla para continuar nuestra relación no ha servido para mucho. Se ha ido corriendo.Yo me he quedado aquí y aún me estoy depurando. Tres meses son pocos, no para olvidar, sino para superar.

He llegado puntual, a la hora indicada en la invitación. El sitio es bonito y acogedor. Me encuentro en un restaurante de moda en el que han puesto dos largas mesas decoradas y adornadas con todos los detalles, no han dejado nada al azar.
Me siento en mi sitio, esperando tener suerte.

Los sitios están asignados según un criterio específico, alternando los números de los hombres escritos en azul con los números de las mujeres escritos en rosa.
Aunque estoy rodeado de gente, no llego a alejarme de mi individualidad. No me alejo nunca de lo que vive dentro de mi corazón.

Cada hombre existe en base a lo que siente y recuerda de su vida, y el recuerdo de ella, hace de dueño en mis pensamientos.

Una chica con un vestido negro se sienta cerca de mí. Tiene ganas de vivir, de divertirse, de hablar de todo con todos.
Es guapa y simpática y los chicos a su alrededor le prestan mucha atención.
Los argumentos se suceden en el modo más variado, como el vino que nos ofrecen, primero tinto con la carne, después blanco con el pescado, rosado con los dulces y para terminar, una copa de cava.

Antes… si tenías la persona justa junto a ti, un vaso de agua y un bocadillo eran suficientes para ser felices; hoy…tenemos todo y estamos solos y tristes.
Esta fiesta me ha cansado, y esta tipa sentada cerca, aunque sea muy atractiva, también. Quiere ser muy simpática, muy abierta, muy disponible, muy accesible, tiene siempre algo que decir. ¡Demasiado!

Aunque admiro y me gusta la vivacidad intelectual, no me gustan las mujeres muy abiertas, muy expansivas, muy disponible, el “muy” no va conmigo. No te hacen sentir exclusivo. Parece que para ellas, todo puede ser sustituido fácilmente. No puedes decir a todos lo que piensas ni tampoco lo que haces, y aún menos como eres. Es como exponer la propia vida en una plaza. Difícil de soportar a la larga una mujer así, para uno como yo que en las mujeres le gusta el misterio, la discreción, el dulce temor, el juego de miradas.

Es casi hora de irse, tres horas de continuas gilipolleces son suficientes para destruir a cualquiera. Me pregunto siempre por qué el mundo está lleno de gente así, poco interesante para conocer. Su miedo no es el miedo a la nada, sino el miedo de existir, de pasar de un instante a otro. Por esto, su existencia es discutible.
Esbozando una embarazosa y falsa sonrisa a los chicos sentados junto a mí, me levanto.

—No eres un tipo que hablo mucho, ¿verdad? —me dice la chica a mi lado casi para despertarme de un pensamiento del que no encontraba vía de escape.

No tengo ganas de explicar a nadie el porqué hago una cosa y aún menos justificarme del porqué la hago.

—No, no es así, solo es que estoy un poco cansado —le respondo con la primera excusa penosa que me ha venido a la mente—. Prefiero irme a casa a dormir, mañana por la mañana tengo muchas cosas que hacer.
— ¡Pero mañana es domingo! —me dice sorprendida.
—El domingo para mí es un día importante, lo dedico a escribir.
—Si te apetece me voy contigo. No hemos tenido mucho tiempo para hablar esta noche. Me gustaría leer algo de lo que escribes.
—Es verdad, no hemos tenido mucho tiempo para hablar, estabas muy ocupada haciéndolo con otros.
— ¿Tienes en casa algo para tomar? —me pregunta.
—Solo tengo vino blanco, afrutado, frío, ¿te gusta?
—Por mí, perfecto; el blanco es el vino que prefiero.

Se ha levantado muy temprano esta mañana.
Yo aún tengo sueño, pero por no dejarla sola, me levanto y desayunamos juntos.
No habla, quizá no tiene ganas de hacerlo porque está comiendo o quizá porque es aún temprano, o con muchas probabilidades porque no tiene nada que decir. Ayer por la noche en la fiesta ha agotado los argumentos. No ha estado callada ni un minuto.
Sentado delante de ella, la observo en silencio.

Tiene una expresión distinta de la que tenía ayer por la noche; parece más relajada, más serena, más calmada, osaría decir que tiene un aire feliz.
Me parece aún más hermosa, más auténtica, más ella. Comienza casi a gustarme.
Está untando el resto de una mermelada de frambuesas en una rebanada de pan muy tostada. Yo giro la cucharilla lentamente en el interior de una taza con café.
Es un movimiento al que le dedico tiempo por las mañanas cuando me levanto, porque me permite pensar. Mezcla y reorganiza mis razonamientos cansados e irracionales de la noche pasada. El café, con su aroma, me despierta el alma, hace que todo comience a moverse dentro de mí en el sentido justo, siguiendo un orden ya preestablecido, como un reloj. También el ruido que hace la cucharilla golpeando los laterales de la taza me llega como un ritmo musical.
Es difícil capturar su mirada. Intento romper esa barrera de silencio un poco engorroso, hablando de cosas banales.

—Nunca he entendido por qué las mujeres tienen siempre que recitar las partes. Hacen algo y luego se arrepienten tras haberlo hecho y entonces comienzan a hacerse las difíciles.

Ella levanta los ojos y me mira sin mucho interés, pero no dice nada. Continúa comiendo su mermelada de frambuesas, dirigiendo la mirada fuera de la ventana.
Quisiera solo una seña de diálogo, cualquier argumento me iría bien, pero no conseguimos encontrar ni siquiera uno.
El cielo comienza a hacer su trabajo como cada día, las nubes pasan lentas y altas, quizá comenzará a llover.

Ella tiene la cara un poco cansada. Tantas aventuras nocturnas justifican sus ojos un poco hinchados. Me dice que se ha cortado el pelo hace pocos días. Lo ha hecho porque, también ella prisionera de sus pensamientos, quería olvidar.
Me he equivocado en juzgarla tan rápidamente; a veces debemos darnos tiempo antes de expresar una opinión.
He escuchado decir que una mujer cuando se corta los pelos, como cuando se los cambia de color, quiere comenzar un cambio en su vida.

Se levanta y, sin decir una palabra, entra en el baño. Se da una ducha exagerada, lo percibo del agua que cae como si estuviera bajo una cascada. Sale aún húmeda, se viste rápidamente sin mirarme y guiñándome un ojo y se va, así como ha venido. Ni siquiera me ha dicho adiós.
Yo no me acuerdo tampoco de su nombre, ni de ella.
Todo ha pasado tan rápidamente que no me ha dado tiempo de asimilarlo.
Esta es la diferencia entre sexo y amor: el sexo vacía, el amor rellena. Pero pienso que es justo vivir también así; sin pensar demasiado y sin demasiadas complicaciones. Dejarse un poco transportar por el momento.
Le he gustado, ha querido follarme y basta, nada más.
Nada de implicaciones mentales, programas de futuro, nada de todo esto. “Carpediem”, se vive el momento y adiós.
De todas formas, las mujeres son complicadas.
Antes… te despertabas en una habitación con una cama y una ventana, desayunabas con algunas galletas y un poco de leche fría del día anterior y se quedaban contigo en casa, bajo las sábanas, hablando, haciendo el amor, riendo. No querían irse.
Después de una noche pasada juntos, tú te convertías en su prioridad.
Hoy… tenemos que hacer frente a los súper apartamentos ultramodernos, dotados de todos los accesorios y amueblados de diseño. Televisión 2000 pulgadas para ver las películas como en el cine, radiodifusión por toda la casa, estéreo para escuchar toda la música posible, ordenador, móviles, Ipad, walkman y tantos otros accesorios que te ayudan a no comunicarte y a aislarte.

Uno está allí, con una mujer una noche entera haciendo el amor como un loco, entre abrazos y suspiros, gritos y palabras dulces. Y después, por la mañana, cuando ella se levanta, lo primero que hace es encender la televisión para ver a qué hora dan su serie televisiva preferida, o va al baño con la música a todo volumen, o enciende el móvil para ver los mensajes de las amigas.

O… tendida en la cama antes de darte el beso de buenos días, enciende su Ipad para escuchar la música de su cantante preferido y se pone los auriculares.
Estamos todos locos, enfermos, frenéticos, esclavos de una sociedad superficial, dirigida por unos pocos listillo que les va bien que no haya una verdadera unión. De hecho, las relaciones de amor se debilitan con facilidad.

Desayunamos con capuchino, café, té, infusiones, la mermelada de moras, de manzana, la fruta fresca, los bizcochos de chocolate, los huevos duros con jamón, zumos de naranja, pan tostado, mantequilla, chocolate, muesly, alubias y salchichas.
Estamos tan preocupado comiendo, con la cabeza pendiente encima de la mesa, que no tenemos ni siquiera el tiempo de mirar a los ojos a la persona que se ha levantado con nosotros. Dos perfectos desconocidos.

La mayor parte de las parejas están formadas por desconocidos que están juntos para hacer algo, para hacerse compañía, para vivir el amor como un ritual, o simplemente porque solos se aburren. Es todo tan rápido, complicado, frío, superficial, desprovisto de alma, de intensidad, de profundidad, de algo que tenga más contenido que me pregunto en qué se ha convertido el amor.

La cucharilla ha dejado de girar y el café se ha enfriado, tendré que levantarme a prepararme otro. El café debe estar caliente como el infierno, negro como el diablo, puro como un ángel y dulce como el amor.
Antes, en Nápoles, en Italia, en el barrio Sanità, cuando uno era feliz porque algo le había ido bien, en vez de pagar un café pagaba dos y dejaba el segundo café ya pagado para el próximo cliente.
El gesto se llamaba -el café suspendido-. Después, de vez en cuando, se asomaba un pobre para preguntar si había un “suspendido”. Era un modo como otro de ofrecer un café a quien no podía pagarlo.

Desde la ventana abierta entra el ruido de la ciudad que se ha puesto en marcha y me empuja a actuar.
Pero no tengo ganas de hacer nada.
Ruido del tráfico, gente que grita, discute, se enfada, la acostumbrada escena de todos los días, el caos.
Mientras me preparo otro café, pienso que vivimos en un mundo sin amor.
Condicionados por la banalidad y nos olvidamos de las cosas importantes.
El cielo ha escuchado mis palabras y se ha oscurecido. Las nubes antes altas, ahora han desaparecido. Dentro de poco comenzará a llover. No tengo ganas de mezclarme entre la gente, pienso que sea mejor volver a la cama y regalar este día a mis pensamientos.
Estar inmóviles, debajo de las mantas sin hacer nada, solo pensar. Pensar es necesario…aparte el domingo, claro.
Y el alma pregunta.

samuelebeniabram@yahoo.com

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El “miamorismo”

ROSARIO ANZOLA |  EL UNIVERSAL
jueves 7 de enero de 2016  12:00 AM

Nos hemos ido acostumbrando a ser tratados de la peor manera o de la manera equivocada

Hace unos dos años estuve de visita en un país pequeñito, de los llamados en vías de desarrollo, y me produjo una desazón inexplicable el trato que recibí por parte de los empleados en los lugares a donde acudí. Registré la causa de esa desazón y la conclusión fue dolorosa: era una tristeza profunda por el contraste entre ese paisito y mi país. El ser tratada con cordialidad y esmero me hacía sentirme rarísima, porque en Venezuela nos hemos ido acostumbrando a ser tratados de la peor manera o de la manera equivocada.

El trato que recibimos en oficinas públicas y privadas, en restaurantes, en comercios, en fin: en todas partes, es cada vez más denigrante. Uno percibe, muy a menudo, una especie de malestar de quienes sirven o atienden. No obstante, quiero destacar que convive con este maltrato el lenguaje del “miamorismo” que a fin de cuentas se traduce en la misma falta de respeto, pues ambas conductas tienen un origen similar: el modelaje indiferente e inapropiado de los jefes (líderes y dirigentes) y una educación que ha descuidado la formación de la empatía, que no es otra cosa que aprender a colocarse en el lugar del otro, guardando las normas elementales -modos y formas- de la convivencia. La proliferación del “miamorismo” se da porque quienes lo aplican creen que es una forma de atender bien. Y es, simplemente, una errada concepción de la comunicación interactiva.

Hace solo unos días fui a un restaurancito para almorzar. El mesonero -atentísimo- me llevó hacia una mesa y enseguida me preguntó:

-Mi reina, ¿qué te traigo de tomar?

Me senté, lo miré muy seria y le indiqué mi pedido. El mesonero salió veloz, mientras decía:

-Mi amor, voy a ver si hay lo que pides.

El almuerzo transcurrió con todas las gamas del “miamorismo”. Y conste que a los caballeros presentes se les daba también un trato muy particular: mi pana, mi caballo, mi doctorcito, mi prócer… Cuando me retiré a pagar, se lo comenté al dueño o gerente del local.

-El mesonero que me atendió es ágil y bien dispuesto, lo felicito, pero usted debe advertirle que no trate a los clientes de… -Y le expuse todos los epítetos que le había escuchado durante el almuerzo.

El señor se me quedó mirando, alzó los hombros, me cobró y no dijo ni pío. Entonces me fui a donde estaba el mesonero, y al darle la propina, le susurré con mucho respeto:

-Haces muy bien tu trabajo, pero para que sea mejor debes dejar de tratar a las clientas de mi amor, mi reina, mi cielo. Al menos yo no me siento cómoda.

El muchacho se quedó estupefacto, y asintió: Sí, señora…

Guardo la esperanza de que alguna reflexión quedara en su cabeza… Pero no puede ser un hecho aislado. Es pertinencia de todos participar en la modificación de estos tratos inadecuados. Muy especialmente quienes ejercen jefaturas.

En una oportunidad me correspondió dirigir una campaña interna en la institución donde trabajaba. La directiva la había solicitado a fin de erradicar “el miamorismo” en la atención al público. Dado que los directores eran muy espontáneos, más de uno -incluido el presidente- llamaba por teléfono -a las oficinas capitalinas y a las del interior- a fin de verificar si la respuesta era acorde al instructivo de la campaña. Por supuesto, los “miamores” continuaban campeando. El seguimiento a la campaña se convirtió en un reto y hasta en un divertimento colectivo. Cuando la respuesta era celestial (mi cielo, mi sol… ) o endulzada con “papitos” y “mamitas”, la reacción no se dejaba esperar:

-¿Ya usted pasó por el curso de atención al público?

En los seis meses de la campaña algo se logró, pero sé que la fuerza de la costumbre sigue haciendo estragos. Estoy segura de que solo un curso no basta. Para que la modificación sea efectiva tiene que ser parte de un modelo de educación general, donde participen las escuelas, los liceos, las universidades y los medios de comunicación. Y hay que dirigirlo como campaña ciudadana a toda la población. No es responsable dejar pasar o ignorar este tipo de comportamiento social. Al menos debemos intentar contrarrestarlo desde nuestros espacios. Parte de los activos de un país es la educación ciudadana de donde deriva el buen trato (y el trato apropiado) entre niños, jóvenes y adultos.

Hace unos días me llamó varias veces por teléfono un funcionario para solicitarme una diligencia. El interlocutor tenía un repertorio de “miamorismos” tan infinito que resolví escribir este artículo, atendiendo a la idea de que al presentar a los lectores opiniones, posiciones y tendencias se comparte lo que pensamos, sentimos y vivimos, aunque sea por coincidencia, contraste o diferencia. ¿Por qué lo digo? Porque no sé si los demás experimentan con la misma intensidad esta desazón que me produce el trato inadecuado y “el miamorismo”.

raconvivarte@gmail.com

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A Thousand Years

Heart beats fast
Colors and promises
How do be brave
How can I love when I’m afraid
To fall
But watching you stand alone
All of my doubt
Suddenly goes away somehow

One step closer

I have died everyday
waiting for you
Darling, don’t be afraid
I have loved you for a
Thousand years
I’ll love you for a
Thousand more

Time stands still
Beauty in all she is
I will be brave
I will not let anything
Take away
What’s standing in front of me
Every breath,
Every hour has come to this

One step closer

I have died everyday
Waiting for you
Darling, don’t be afraid
I have loved you for a
Thousand years
I’ll love you for a
Thousand more

And all along I believed
I would find you
Time has brought
Your heart to me
I have loved you for a
Thousand years
I’ll love you for a
Thousand more

One step closer

One step closer

I have died everyday
Waiting for you
Darling, don’t be afraid,
I have loved you for a
Thousand years
I’ll love you for a
Thousand more

And all along I believed
I would find you
Time has brought
Your heart to me
I have loved you for a
Thousand years
I’ll love you for a
Thousand more

https://youtu.be/rtOvBOTyX00

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El lado bueno de las cosas

Comienza un año duro, difícil para el país luego del proceso electoral (bueno, primero que todo feliz año -disculpen-, está uno tan acostumbrado a la infelicidad que hasta olvida los modales. Hay que decir siempre “buenos días”, aunque uno no se lo crea y cuando te pregunten “¿cómo estás?, hay que responder “bien”, aunque sea embuste).

Cuando perdemos las elecciones las perdemos y si por primera vez se te ocurre ganar, pues también las pierdes. El gobierno nos anuncia que las elecciones ahora son fraudulentas, que el sistema electoral más perfecto del planeta tierra ha fallado y coincidencialmente, –¡oh misterios de la vida!- falla justo en el momento en que ellos pierden las elecciones luego de 16 años de hegemonía en el poder. Es que, como ya se ha dicho, esto es García Márquez con Orwell.

Ahora bien, a todo hay que verle el lado bueno. Ustedes se imaginan que Maduro hubiese dicho algo así como: “el resultado electoral muestra que nuestra política económica ha sido un rotundo fracaso y vamos a llamar a un proceso de diálogo para rectificar el rumbo económico” y hubiese hecho cosas como:

Establecer un tipo de cambio que no propicie multimillonarios instantáneos.
Estimular la producción promoviendo precios justos no solo para el que compra, sino también para el que produce.
Controlar la inflación y frenar la corrupción administrativa.
Impulsar un plan de seguridad ciudadana que combata en verdad el crimen, tanto el desorganizado como el organizado.
¿Ustedes se imaginan que se acabe el bachaqueo y que en los supermercados comiencen a aparecer nuevamente cosas como leche, huevos, azúcar y papel higiénico?

¿Ustedes se imaginan que la harina de maíz vuelva a ser como antes, que uno solo compra la que necesita?

¿Ustedes se imaginan policías bien pagados e insobornables, con formación universitaria realizando labores de vigilancia?

¿Ustedes se imaginan una Guardia Nacional en la que el honor sea la divisa?

¿Ustedes se imaginan hospitales públicos con médicos y equipos de primera?

¿Ustedes se imaginan educación pública de excelencia con docentes que no cobren sueldos miserables?

¿Ustedes se imaginan que la gente comience a salir de noche otra vez sin miedo y que todos volvamos a pararnos en los semáforos en rojo y que nadie se coleé porque no hay colas y que las universidades tengan presupuestos justos y que haya museos y parques seguros y espacios para el arte y la cultura?

¡Qué aburrimiento de país! Seríamos algo horrible como Canadá pero con calorcito todo el año y playas divinas y calienticas… ¡Qué asco! Así como estamos es más emocionante la vida. Somos un país divertido, el más feliz del mundo, siempre en hundimiento, con la emoción de la montaña rusa todo el día: ¿llegaré vivo a mi casa hoy? ¿Con qué nos sorprenderá Nicolás mañana? ¿Tendremos Asamblea el 5 de enero? Vivimos apasionadamente, como si el mundo se acabara cada día y comenzara al día siguiente, para aquellos que tengamos esa suerte.

Es fabuloso, esto un suizo no lo entenderá jamás, pobre gente, me da una lástima. Los suizos se suicidan.

Nosotros, sin embargo, valoramos la vida, justamente porque aquí no tienen ningún valor, porque un artista sugiere en cadena darle “pepazos” al que se rebele y el conductor del show, como la divina Eulalia, ríe, ríe, ríe.

De todas maneras, Rosa, mi admiración y cariño por aquellos que siguen soñando un país de justicia y bondad, de leyes y respeto, de decencia y dignidad. Quiera Dios que algún día podamos construir un país aburrido en el que para conseguir un huevo no haya que ponerlo y en el que uno se muera de viejo en un hospital de primera.

Feliz año 2016 y me perdonan el optimismo.

Por Laureano Márquez.

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