Un secreto de amor.

Se había levantado sobre las siete de la mañana, muerto de cansancio. No había dormido nada; durante la noche se había despertado varias veces para ir al baño, había hojeado las páginas de una revista, incluso se había preparado una taza de leche caliente que había tomado sentado en el sofá delante del balcón. Todas esas pequeñas e inútiles cosas nocturnas que le condicionaban el humor y el estado de ánimo del día siguiente.
Recién levantado se había dado una ducha fría seguida de una taza grande de café caliente.
Sentado en un banco en el centro de la habitación, miraba alrededor y observaba con curiosidad aquellos rincones de la casa a los que normalmente no hacía caso intentando descubrir algo nuevo y misterioso. Como si durante la noche todo aquello que lo rodeaba pudiera transformarse en algo diferente.
El apartamento donde vivía, un pequeño ático de 50 metros cuadrados con una terraza desde la que se veía toda la ciudad, estaba en un séptimo piso sin ascensor. En la terraza había instalado una pequeña piscina la cual iluminaba en verano con velas colocadas en los bordes. Cuando por la noche llegaba a casa cansado del trabajo, se sumergía en aquella agua fresca degustando el último vaso de vino del día; Estaba allí dentro alrededor de una hora, pensando, ajeno a los ruidos y lejos de la gente.
El apartamento en cuestión parecía un campo de batalla, un verdadero desastre. Ropa por todos lados, zapatos debajo del sofá, revistas tiradas por el suelo, platos sucios en el fregadero desde hacía dos días y el cenicero, aunque no fumaba, lleno de cigarrillos de los amigos que lo visitaban. La mesa de madera cercana a la ventana estaba desbordada de papeles, de libros, de apuntes y de cuentos que aún no había terminado. No había espacio para nada.
Alrededor de aquel desorden que se le presentaba cada mañana cuando se levantaba, sus pensamientos crecían y circulaban sin parar. No le gustaba hacer las cosas con prisa. Necesitaba su tiempo; estaba ya acostumbrado desde hacía mucho a vivir solo y le gustaba aquel ritmo.
Le gustaba tomarse, sobre todo por la mañana temprano, un tiempo para él, donde, en el silencio, en la calma, en la tranquilidad y la soledad, reordenaba las sensaciones vividas y probadas durante la noche anterior.
Y así, aquella mañana, mientras una lluvia caía punzante sobre la ciudad ya desde hacía varios días y sus pensamientos vagaban libres, le vino de nuevo a la mente tres noches antes cuando fue a cenar con una amiga que no veía desde hacía tiempo. Lograba recordar nítidamente en los detalles, los diálogos que tuvo con ella y las palabras que se dijeron.

En el restaurante no había mucha gente y fuera hacía frío; él se había sentado en una mesa y hacía poco que había pedido una botella de vino. Ella llegó con veinte minutos de retraso y entró por la puerta con paso decidido, cuando lo vio, fue sonriendo hacia él. En el momento que se sentó aún antes de saludarlo y quitarse el impermeable, comenzó con ímpetu a contarle su vida.
Piel aceitunada, pelos rizados y negros como el carbón, ojos verdes como dos esmeraldas, un cuerpo marcado por el tiempo.
La recordaba simpática, alegre, inteligente y exigente en sus elecciones, sobre todo en lo referente a los hombres.
Hacía por lo menos ocho años que no se veían y a pesar de vivir en la misma ciudad; tenían vidas completamente diferentes, dos caminos opuestos que los habían llevado a perderse de vista.
Él había vivido una vida aventurera, sin miedo, que lo había llevado con los años a seguir sus pasiones y a quedarse solo pero feliz; porque esa había sido su elección. Consideraba impensable que el amor de su vida fuese algo ligero o superficial, sin peso. Creía, por el contrario, que su amor necesariamente tenía que ser la cosa más importante, sin el que la vida no hubiera tenido el mismo valor. Ella, había buscado una vida segura, adaptada, planificada, que la había llevado con el tiempo a casarse y a tener dos hijos y un trabajo estable y bien remunerado en la farmacia de propiedad del marido.
Esa había sido su elección.
Salió con aquella mujer cinco años antes de que conociera a su marido, antes de casarse, antes de tener los niños, antes de que tuviera un trabajo seguro…, antes de todo aquello… Ella era otra mujer, una mujer que lo había hecho enloquecer.
Mientras ella le hablaba sin parar, sin perder el aliento y a una velocidad sostenida, él, sentado allí delante, moviendo los dedos sobre la mesa, la observaba y se detenía a pensar en el tipo de vida que ella había llevado. La escuchaba sorprendido y curioso, prestando atención a lo que decía, incrédulo también por el tono triste y melancólico de sus palabras llenas de nostalgia.
Cuando llegó a hablarle de su marido, le mostró una foto que tomó del bolso, reconociendo explícitamente haber tenido mucha suerte por haber encontrado a un hombre tan fantástico, atento y siempre educado, que la quería mucho y no dejaba que le faltase nada. Un óptimo marido y un maravilloso padre para sus hijos. Él, que era escéptico por naturaleza sobre las afirmaciones de las mujeres, observaba sin mucho interés aquella foto, notando que el marido parecía más bien un buen amigo, un compañero de trabajo, una persona con quien contar, con quien hablar y confesar las propias inquietudes, pero eso, estaba lejos de hacer vibrar el alma de una mujer, de hacer palpitar su corazón, de enamorarla. Acostumbrado a vivir dentro de los esquemas, y programado también en el modo de amar, transmitía desde aquella foto una cierta inexpresividad que con el tiempo se habría transformado fácilmente e aburrimiento y ausencia de pasión. La vida, para un tipo de hombre así, no era una suma de experiencias más bien, un cúmulo de hechos para poder decir que había vivido. Estaban juntos y formaban una pareja, pero era una de aquellas tantas parejas para las que el estar juntos representaba solo una etiqueta visible, superficial y pasajera que se resquebraja a la primera diferencia.
Como se resquebraja todo lo que es simple y sin sustancia al primer obstáculo. Él todo esto lo sabía bien, la vida le había servido de escuela. Pero no se pronunciaba, no decía una palabra y continuaba a observarla.
Con ella, cinco años antes, vivió una gran historia de amor y de pasión. Entre los dos existía una química y una complicidad que los unía en un amor que parecía eterno.
Después de casi ocho meses que estaban juntos, él le pidió que lo acompañara a un viaje que tenía que hacer por trabajo por Latinoamérica, en Brasil, y continuar así, ese gran amor que parecía que no tener fin. Hubiera tenido que establecerse durante un año en Salvador de Bahía.
Era un chico lleno de vida, con una insólita creatividad y una admirable energía para afrontar las cosas. La fantasía que tenía lo llevaba con frecuencia a viajar, pero no quería nunca irse sin ella.
Pero ella…, para su gran sorpresa, ¡rechazó!
Trató de imponerse con sus exigencias, con sus prioridades de mujer, con sus ambiciones, con la necesidad de vivir otro tipo de vida, otro tipo de amor, y juzgándolo inmaduro e irresponsable, ¡lo dejó!
Fue entonces, solo después de pocos meses, que él desilusionado por la respuesta se fue de viaje, que ella encontró otro hombre, el que ahora era su marido.
Y ahora estaban allí, después de tanto tiempo sin verse, uno delante del otro.
Ella le hablaba, le hablaba…, hablaba delante de él que la miraba a los ojos verdes esmeralda cubiertos de un velo de tristeza, casi un velado de añoranza por no haber vivido y aprovechado ciertos momentos de vida que se le habían presentado como una felicidad escondida. Había tenido demasiada prisa por olvidar, por no sufrir, pero, sobre todo, por sustituirle y seguir adelante con su vida.

— ¡Con todo lo que me dices, no he entendido aún si eres feliz con este hombre! No he entendido si la vida que llevas te gusta y si estás bien con él. Creo que has llegado a transformar todos tus sueños en realidad. La realidad que tú querías y buscabas. Un buen trabajo, una casa bonita, una familia, los niños… pero cuando escucho tus palabras, noto un velo de añoranza, y cuando observo tus ojos ese velo de tristeza que los envuelve, se hace aún más evidente, y las sensaciones que me llegan hablando contigo me dicen que hay algo que no está bien…, ¿quizá me equivoco?

Esta pregunta abrió una puerta que ni siquiera él habría podido nunca imaginar lo que se escondía detrás. La expresión de ella cambió, se arrancó la máscara que la escondía de la verdad, y asumiendo aún más aquella cara de resignación, le confesó un secreto; el famoso secreto que tenía escondido dentro durante tanto tiempo… todo aquel tiempo que habían estado sin verse.

— ¡Nunca he amado a mi marido! Me casé con él para olvidarte. He creado una familia y he tenido dos hijos para intentar destruir las sensaciones que había alcanzado viviendo contigo y poder reordenar con calma mis pensamientos tan confusos. Cuando nos dejamos, yo estaba confundida, tenía miedo; insegura e impulsada por la desesperación y la tristeza interior, me agarré a aquel hombre, como te agarras a un árbol para no caerte.
Y aquel hombre…, como un árbol creó un fruto que no era suyo, porque no le pertenecía. Mi matrimonio ha sido un matrimonio de conveniencia y no de amor. Yo siempre te he amado a ti y nunca he dejado de hacerlo.

Las ganas que le permanecían dentro eran visibles y palpables, y no hacía nada para esconderlas; manifestaba abiertamente que él había sido su gran amor.

-Continúo deseándote como el primer día y nunca he dejado de hacerlo. Llevo todavía dentro de mi corazón, todos los momentos vividos y compartidos contigo, y cuando a veces estos pensamientos me atormentan por la noche, me levanto y salgo de la habitación que comparto con mi marido.

Él, al escuchar aquellas palabras, se quedó helado.
No habría imaginado nunca que aquella mujer aparentemente feliz conservaba dentro de sí misma un secreto inconfesable.
Nunca hubiera pensado que lo que le estaba contando tuviera un fundamento de verdad. Después de tantos años sin verse, creía que el tiempo había tenido la capacidad de borrar y olvidar. ¡Pero se equivocaba!

“El tiempo no borra ciertos recuerdos, no borra ciertas sensaciones vividas; el tiempo ayuda a superar para seguir adelante, pero no tiene la fuerza para hacer olvidar.
Nada se olvida, se puede solo recordar menos, pero todo lo que un día ha hecho brillar nuestra alma y llorar nuestro corazón queda sepultado en nosotros”.

Ella comenzó a contar con detalles los momentos vividos junto a él, el gozo y la alegría, los llantos y la risa que habían compartido años antes cuando salían juntos, con una nitidez y lucidez como si los hubiesen vivido hace solo una hora. Lo tenía todo claramente escrito en la mente como en un diario invisible que transportaba dentro de su corazón.

—Muchas veces haciendo el amor con mi marido he pensado en ti. Cuando nació mi primer hijo, teniéndolo entre los brazos, pensaba en cómo hubiera sido si ese niño hubiera sido tuyo. Mi marido estaba siempre presente en cada momento de mi vida, pero yo te deseaba a ti. Llegué a un punto en el que no podía soportar ni siquiera su presencia. Después de tres años de matrimonio probé a escribirte, a llamarte, a buscarte. Hubiera querido volverte a ver solo para tomar un café contigo, pero el miedo, el orgullo, las circunstancias en las que se desarrollaba mi vida me lo han impedido.
—Pero ¿cómo has podido vivir con este pensamiento dentro de ti? ¿Sobrellevar cada día esta lucha entre el corazón y la mente? ¿Estar físicamente con un hombre, pero desear con tu alma a otro?
—Pero ¿cómo no lo entiendes? Estaba insegura, confundida, tenía miedo de perder todo y de encontrarme sin nada. Quería convencerme de que para ti yo había sido un juguete del momento, una diversión, una cosa que hubieras sustituido fácilmente.
— ¿Para mí? ¿Un juguete del momento? Pero ¿qué dices? Tú para mí representaba el amor, el verdadero amor.
Pero ¿cómo no has podido entenderlo? Cuando me dejaste y tuve que irme solo, te pedí, te supliqué, te imploré para que vinieras conmigo. Para no destruir lo que existía entre nosotros, lo que la vida nos había regalado. Hice lo posible para hacerte entender que a veces en la vida, como en el amor, los instantes no se repiten y destruir algo grande es como ofender a la propia alma.
—Lo sé…, lo sé, perdóname…, perdóname, me he equivocado. Pero tenía medo. Eras tú el hombre de mi vida, eras tú el hombre que yo quería amar y no a mi marido.
Él solo ha sido un pretexto para salir de aquel desconsuelo donde había caído cuando te fuiste.
— ¡Fuiste tú quien me dejó!
—Sí…, sí es cierto…, es cierto. Y sin saberlo, caí en un pozo profundo.

Él, atento a lo que ella entre las lágrimas que le caían surcándole el rostro le decía, llegó a mala pena a balbucear alguna palabra sin sentido.

—Pero ¿por qué no me buscaste? ¿Por qué no me decías nada cuando estábamos juntos? Cuando salías conmigo tenías siempre una actitud arrogante, egoísta y prepotente. Estabas siempre rodeada de amigas y tan sumergida en tus cosas, que cuando me fui, pensaba lo contrario de lo que me dices ahora. Decidí irme aunque fuera sin ti, porque no veía en ti una mujer que me amara por lo que era, por el contrario, te sentía fría y hostil, y pensaba que no te interesaba más.
—Pero ¿no lo entiendes? ¡Tenía miedo! Miedo de enamorarme aún más de ti, miedo de sufrir, miedo de vivir una vida que hubiera sido un infierno a tu lado, siempre lleno de mujeres a tu alrededor, siempre dispuesto a viajar, siempre con una alternativa de vida.
— ¡Pero yo te pedí mil veces que te vinieras conmigo!
— ¡Tenía miedo! ¡Miedo! ¿Lo entiendes? Quería algo más seguro, más concreto, un futuro estable, quería darle a mi existencia una forma definitiva, pero no habría nunca podido imaginar que todas aquellas cosas hermosas que yo deseaba no tenían nada a que ver con la felicidad y con el amor, y si no se ama…, nada tiene sentido.
—Miedo…, miedo… ¿Tenías miedo? ¿Y yo? ¿Qué lugar tenía yo en tu miedo? Mejor…, mucho mejor tener miedo de las cosas y luchar por estas si cree que para ti valen la pena, que no temerlas pero estar aburrido al tenerlas.
Buscabas la estabilidad, la tranquilidad, pero ¿no sabías que la tranquilidad, a veces, se transforma en aburrimiento? Que no es otra cosa que la pérdida por parte del alma de la capacidad de ilusionarse, de soñar, de transmitir la pasión de amar. Esa tranquilidad que tú andabas buscando nace de la idealización de la persona (amada), porque por un encantamiento de la fantasía que te traiciona, crees haber conseguido el verdadero equilibrio. Pero después…, el tiempo que juega a favor de la realidad y de la verdad produce un desencanto y transforma (ese amor) en un afecto ausente de pasión o en la amargura de la desilusión.
En amor, como en casi todas los demás asuntos humanos, el acuerdo cordial es el resultado de un malentendido. Es muy fácil confundir el sentir con la compañía, el desear con el aceptar, la conveniencia con la oportunidad y el amor con la amistad. El amor…, en el alma no es otra cosa que pasión de prevalecer, en la mente es deseo de vivir y en el cuerpo es poseer lo que se ama. Pero para ti el amor era otra cosa. Querías amar lo que necesitabas, lo que te hacía estar bien, lo que te parecía cómodo y te convenía, lo que no te hacía pensar porque te resultaba fácil vivirlo. Y te convenciste de que eso fuera el amor. Pero el amor, amiga mía, es para los valientes, los demás es pareja.
— ¡No!, no… ¡No es así! ¡No es así! El amor también puede ser acompañado de un miedo terrible, el miedo al futuro y al riesgo a ir mas allá. El miedo de que todo conlleve solamente a la muerte de nuestra llamada libertad.
El miedo de ser heridos, porque amar significa hacerse vulnerables, amar es siempre un riesgo. A veces es mejor permanecer en el propio caparazón cerrado en sí mismo, porque basta una mirada para vacilar, basta que alguien tienda la mano para que inmediatamente se advierta todo lo frágil y vulnerable que somos, para que todo se derrumbe como una pirámide de fósforos y nos encontramos solo. Y yo, tenía miedo de que eso pudiera ocurrirme a mí.
— ¿Es por eso por lo que me dejaste? ¿Por qué no fuiste capaz de vencer tu miedo? Pero quien nada arriesga no hace nada, no tiene nada y no es nada. Podrá evitar el sufrimiento, quizá, pero no podrá aprender, sentir, cambiar, crecer, vivir o amar. Será un esclavo encadenado a sus certezas y a sus obsesiones. Quizá…, nunca se desilusionará ni sufrirá como los que tienen un sueño por cumplir, pero cuando se mire detrás de sí, tendrá la sola certeza de haber malgastado la propia vida, una vida sin amar.

Entre ellos, se produjo un largo momento de silencio, se habían dicho lo que habrían debido decirse muchos años antes y quizá, si hubieran hablado, hubieran podido salvar su relación, pero ninguno de los dos venció su propio orgullo. La cena había terminado, el camarero había ya quitado las mesas y en poco tiempo, el restaurante cerraría, ellos eran los últimos dos clientes que quedaban. Se levantaron y uno delante del otro salió del restaurante.
Hacía un frío terrible, un viento helado cortaba la cara, y una ligera lluvia anunciaba una noche aún más terrible.
Delante de la puerta del restaurante, antes de separarse, él la abrazó estrechándola como si quisiera protegerla o defenderla de alguien, en un abrazo denso y profundo que valía más que muchas palabras. En poco tiempo, ella habría vuelto a su vida de siempre, con su marido, en su casa; y el, en su apartamento, con su silencio y su soledad, con la vida que había elegido.

—Perdóname… —dijo ella, apartándolo un poco—. No he conseguido vencer mi miedo…

Él no dijo nada, la miró a los ojos durante un largo rato y desapareció bajo la lluvia.

¿Cuánta voluntad había tenido que emplear aquella mujer para llevar adelante aquel tipo de relación? ¿Cómo podía haber reducido el amor a una simple circunstancia de la voluntad, de la tranquilidad, del momento, de la conveniencia o de una sustitución por el miedo a quedarse sola? ¿Qué fuerza invisible la había empujada a escapar de una relación que ella amaba para entrar en otra que no le daba ni siquiera el sabor de la existencia?
He entendido que la felicidad no consiste en encontrar a alguien a toda costa para hacer un camino junto. Ser felices significa tener a ese alguien que nos hace vibrar el alma y latir el corazón. Solo con esa persona aquel camino tiene un sentido. Muchos temen que la felicidad sea un bien lejano, casi inalcanzable, motivo por el que corren hasta más no poder con la esperanza de acercarla, sin darse cuenta de que cuanto más corren, más se alejan.
La mayor parte de las veces, la felicidad se esconde en la periferia de lo que hacemos, y aunque no es evidente, es accesible a cualquier ser humano, a prescindir de su fortuna, de su condición social, de sus capacidades intelectuales, porque la felicidad no depende tanto del placer, del amor, de la consideración o de la admiración de los otros, sino de la plena aceptación de uno mismo… que consiste, en tener el coraje de recorrer el camino para el que has nacido.
He pensado, según mi filosofía de vida, que no todos nacen para hacer las mismas cosas o seguir los mismos caminos, tener un trabajo, una familia, tener hijos.
Cada uno de nosotros encierra en la profundidad del propio ser una semilla distinta que germina de forma diferente y que necesita de otras cosas. Esa semilla representa lo que estamos destinados a ser y a convertirnos.
Estamos demasiados preocupados por el futuro y ausentes delante de todo lo que se nos presenta. Parece que el mal, el dolor, el sufrimiento, la tristeza, vengan siempre desde fuera y no nos preguntamos nunca si somos nosotros mismos los que lo hemos creado. Casi nunca pesamos que lo que nos sucede sea una consecuencia de aquel universo donde los sueños y las ambiciones se mezclan confundiéndonos las ideas, y muchas veces conduciéndonos fuera de nuestro camino.
He pensado en lo que no podía saber ni entender, todo lo que no podré nunca saber ni entender, pero no he conseguido encontrar ninguna respuesta que me convenza.
Solo he entendido que se llega al fin de la vida, a veces, ni siquiera mirándonos a los ojos, o quizá se llega al final de algo, o al final de cada probabilidad que aquella cosa en aquella vida cambie. Nos viene concedido solo un largo momento de pausa para pensar, para entender cuánto basta y revolviéndonos en la fatídica pregunta… ¿Dónde nos hemos equivocado?
Y el alma pregunta.

samuelebeniabram@yahoo.com

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