Más amor y menos palabras

Una reflexión de amor
De vez en cuando voy a la estación y cojo un tren.
Sin un destino determinado, recorro centenares y centenares de kilómetros, con la intención de llegar a algún lugar desconocido. Para poder tener la sensación de moverme rápidamente de un mundo a otro. Mundos diferentes entre ellos.
Recuerdo que una vez, mientras en la estación esperaba sentado a que mi tren llegase, miraba con curiosidad a las personas que pasaban delante de mí. Distintas entre sí, parecían esperar algo o a alguien. Como si la vida dependiera de aquél “algo” que debería pasar o de ese “alguien” con el que tendrían que encontrarse.
Cada uno de ellos llevaba dentro de su corazón dolores y placeres, sufrimientos y alegrías, amores y desamores que transpiraban desde sus rostros. Jóvenes y viejos, guapos y feos, interesantes o banales. Aquellos rostros sin nombres comunicaban sus estados de ánimo.
Entendí que cada uno de nosotros representa un mundo en miniatura aparentemente igual, pero profundamente diferente. Estamos atrapados por una sociedad que nos quiere a todos iguales. Esclavos de una prisa por vivir que nos aprisiona y nos corta la personalidad de ser y de poder llegar a ser un individuo.
Nos convertiremos en muchas personas dentro de una sola si escucháramos lo que dicen los otros de nosotros. También de los que consideramos y creemos nuestros amigos.
Me convertiría en otro hombre si escuchase las interpretaciones que dan de cada uno de mis pasos, gestos o palabras, y de aquellas presuntas verdades en las que ellos creen ciegamente.
Pero yo tengo una sola personalidad y es la mía. No me importan los que asumen otra según las circunstancias en las que se encuentren o con quien se encuentren. En el fondo, quien se comporta así no tiene ninguna personalidad; es solo una bandera que se mueve según la dirección del viento.
A pesar de que es difícil desatarse de una etiqueta incómoda que los otros te pegan, sin ni siquiera conocerte. No hemos venido al mundo para satisfacer las expectativas de nadie. Hemos venido para evolucionar, intentado mejorar en cada paso que damos.
En cierto modo la meta es alcanzar aquella felicidad a la que cada uno de nosotros aspira.
Por desgracia, de lo que es necesario y profundo, de lo que en la vida vale la pena de verdad, solo nos damos cuenta cuando hemos tenido todo lo superficial, cuando hemos conocido lo banal y hemos perdido gran parte de nuestro tiempo con personas inútiles.
Pero, es solo cuando sabemos de verdad lo que queremos, que no tomamos todo lo que nos pasa por delante y preferimos estar allí, esperando algo o alguien que valga la pena de verdad. Al menos para nosotros.

He entendido que en la vida es importante apostar si se quiere cambiar, entender, crecer, superarse.
Volver de nuevo a mirar dentro de uno mismo sin tener miedo de poder encontrarse. Sin tener el miedo de descubrir dentro de nosotros algo que no nos guste.
Llegando a entender en lo que nos hemos transformado tras un largo y a veces apático tiempo vivido entre alegrías y dolores.
Un tiempo que, para muchos, representa solo momentos confusos rodeados de una falsa y aparente felicidad.
Nos engañamos, regalándonos mentiras para no desvelar nuestras inquietudes.
Deberíamos, por el contrario, sin juicios ni prejuicios, liberarnos de las estructuras que nos aprisionan y que nos impiden de un modo sutil poder entender verdaderamente lo que nuestra alma necesita para sentirse feliz y libre.
Esa libertad interior que nos permite rendirnos a nuestras emociones. Liberándonos de máscaras, modos de ser y de vivir que la sociedad nos impone, pero que no forman parte de nosotros, porque no nos pertenecen.
Queremos todo y no sabemos nunca qué elegir.
Buscamos a alguien y después no sabemos qué hacer con él.
Como toda esa gente que está junta sin amor, solo para hacerse compañía y que no tiene el coraje de decirlo.
Como toda la gente que se ama, pero que no tiene el coraje de arriesgar.
Como toda la gente que aunque su relación se haya terminado, y no tienen más contacto, continúan amándose, sin que ninguno de los dos encuentre el coraje de decirlo, u de dar un paso, perdiendo así la posibilidad de ser felices.
Y por su estúpido orgullo dejan pasar el tiempo, encontrándose después en compañía de otra persona que no tiene nada que ver con ellos.
Toda esta gente es aquella que de un modo u otro van y vienen distanciándose siempre del amor. A veces las relaciones se dejan no solo porque un sentimiento muere, si no que se pierden sin un verdadero motivo. Por miedo, por cobardía, por inseguridad o, simplemente, por no tener la fuerza de afrontar la fatiga que conlleva comprometerse con esa otra persona.
En el momento en el que decidimos no dar, no abrirnos, absteniéndonos de hacerlo, sea cual sea el motivo, nos quitamos el amor a nosotros mismos y no a la persona de la que nos alejamos, porque para hacer esto debemos ponernos una armadura que nos obliga a ser diferentes de lo que somos.
De hecho, la añoranza más dura que uno puede tener en su vida es la de no haber tenido el coraje de arriesgar, de dejarse llevar al menos una vez por lo que sentía más que por lo que pensaba.
De sumergirse en el océano de los sentimientos y de las emociones, y participar con complicidad en el deseo de su alma en la carrera de la propia felicidad, sin rendirse como muchos hacen antes de llegar a la meta.
Solo en el momento en el que nos abandonamos a aquel gesto verdadero, auténtico y natural, reencontramos como por arte de magia dentro de nosotros mismos la fuerza de amar y ser amados. Solo en el momento en el que encontramos el coraje de rendirnos sin resistencias al amor, este como si lo hubiésemos llamado, vendrá casualmente a nosotros y nos llenará de alegría.
Nadie puede dudar de que hemos venido al mundo para amar y ser amados.
En todas las cosas que hacemos o queremos, también sin saberlo amamos siempre.
También en las cosas en las que parece excluido, en las cosas más simples y banales, el amor está presente y es imposible que el hombre pueda vivir un solo instante sin el, ya que si así fuese, su vida sería triste y oscura.
Amar significa dejarse transportar por lo que sentimos con la esperanza de que nuestro amor despierte el mismo amor en la persona amada. Es un hecho de fe y cualquiera que tenga poca fe en la fuerza del amor, no lo recibirá.
Frecuentemente, por miedo a poder encontrarnos solos, nos emborrachamos de compromisos, de trabajos, de obligaciones, de ocupaciones de todo tipo, en un mundo donde parece que no hay más espacio para los sentimientos. Es por este miedo que muchos pasan como los monos de una rama a otra entre los árboles.
Sin pensar que la condena a la infelicidad es justo el miedo a esa soledad, que vivida de una forma diferente nos daría la posibilidad de elegir, y nos haría entender que es mucho mejor convivir con nuestras libres imperfecciones que destruir nuestra vida por temor a sufrir por amar y vivir solo de las apariencias. Esas apariencias que serán un día escenario de nuestra infelicidad.
Es fácil abrirse a los otros solo cuando tenemos la posibilidad ventajosa de hacerlo. En el fondo regalamos nuestras horas muertas rellenándolas de instantes que ilusoriamente creemos profundos. Escondemos el hecho de que ofrecerse se convierte una vez más en recibir y no en dar. Un gesto egoísta y no altruista. Una acción planificada y no llena de amor.

He entendido que el mal muchas veces reside en la incapacidad, y en la falta de humildad por reconocer los propios errores. De poner un punto final. Trazar una línea y volver a empezar de cero.
Dentro de cada uno de nosotros vive la fuerza y la potencialidad de ser lo que decidamos ser siempre y cuando no se pierda la ocasión de dar y de seguir el camino que creemos, aunque los demás nos digan que es el erróneo. La masa, la multitud, la muchedumbre… nunca ha sido portadora de ninguna verdad.
Los amigos, los conocidos, los que nos encontramos no saben lo qué vive en la profundidad de nuestro océano interior, qué reside en el fondo del alma. De nuestra alma.
Elegir es justo pararse un momento a esperar, a pensar, a reflexionar sobre lo que más nos deleita. Significa encontrarse de nuevo delante de los propios deseos y darse el tiempo de no juzgar demasiado rápido.
A veces un juicio rápido puede dejar a la persona más inteligente fuera de combate. En definitiva, la elección es el amor que nos damos a nosotros mismos. Sin elección no hay amor. Y en la conveniencia, en la comodidad o en la oportunidad no hay amor porque no hay elección.
Hubo un tiempo en el que creía que para amar bastaba sentir el latido del propio corazón, la pasión visceral del cuerpo, el brillar alegre del alma y era solo esto lo que buscaba en cada mujer.
Hoy, por el contrario, sé que no podría nunca enamorarme de una mujer que en una puesta de sol ve solo una puesta de sol. Que no se emociona como una niña delante de cualquier cosa maravillosa. Que sus objetivos son diferentes y lejanos de los míos. Que no tenga la capacidad de conmoverse delante de un niño que llora o que permanezca indiferente delante de un hombre que le pide una moneda. En definitiva, que sienta y vea la vida en una dirección opuesta a la mía. No quiero una mujer que se limite a convivir con un charco de agua dentro de sí y tampoco una mujer que se limite a un río, necesito una mujer que aspire a un océano, para poder amarla. Que no aplauda sonriente lo que ve delante de sus ojos en vez de escuchar y valorar, lo que siente dentro de su corazón, por la incapacidad de hacerlo.
Una mujer que sepa soñar. Soñar significa ver más lejos de los ojos, entender más de la mente y llegar a acariciar y apreciar todo lo que la mano y el cuerpo no alcanzan. Significa ver un mundo diferente dentro el mundo que nos rodea. Y quien no sabe soñar, debe conformarse con ver lo que puede, tocar lo que alcanza y entender lo que es simple de comprender.
Para amar… para amar de verdad, necesito que dicha mujer perciba el mundo como lo siento yo. Con la misma luz en nuestros ojos, con los mismos horizontes por alcanzar.
Para amarse se necesita que las bases y los valores donde construir el camino estén hechos de la misma materia. Sólidos e inalterables, ya que si no es asi, con el tiempo todo se esfumará y aquel amor no tendrá la fuerza necesaria para resistir a las duras intemperies de la vida y a los obstáculos que deberá afrontar.
La afinidad entre un hombre y una mujer, como del resto la complicidad que los une, nace entre las raíces de los propios pensamientos que se entrecruzan uno con otro reforzándose recíprocamente.
Si se construyen muros para protegerse, un día estos mismos muros se convertirán en una prisión y será difícil encontrar el modo de salir, porque el tiempo que creíamos nuestro aliado se habrá transformado en nuestro peor enemigo. Un tiempo que no rueda en un círculo, si no que avanza silencioso y veloz en línea recta.
Ninguna historia de amor es perfecta. Lo sabemos, aunque nadie quiera aceptarlo o reconocerlo. Hay siempre algo de nosotros que debemos estar dispuestos a perder para poder recibir aquella cosa que el otro nos da y que nos rellena el corazón, encontrarnos junto a aquella persona como si estuviésemos solos con nosotros mismos, en perfecta armonía. Por desgracia hay muchas personas que aman vivir el amor de un modo superficial y no permiten a nadie descubrir su mundo y hacer penetrar las raíces del otro en la profundidad. Estas personas no han entendido aún, que la felicidad no puede esperar eternamente.
Cuando en una historia de amor no existen las raíces, esta historia está terminada, aunque las dos personas vivan juntas desde hace tiempo. Ninguna de ellas se sentirá parte de la otra, solo un componente dispensable y en un cierto modo fácilmente sustituible.
No han entendido que no tenemos otra posibilidad. No hay otras posibilidades. Solo tenemos una delante de nosotros, y se llama vida. Si no conseguimos entenderlo a tiempo, no lo entenderemos nunca.
El amor es para quien no tiene miedo de caminar en la oscuridad.
El amor es para quien se deja abierta la puerta del propio corazón y permite penetrarlo y expandirse a quien tiene verdaderamente ganas de hacerlo. El amor llega a quien sabe escuchar la voz de su propia alma y no la combate con las formas o las apariencias.
El amor no está hecho para los que llevan gafas de cristal oscuro escondiendo así las expresiones del corazón.
Cuando en la mente repleta de pensamientos por las muchas experiencias negativas vividas en el pasado se forman los nudos de las cuerdas del destino, no se puede enhebrar, desatar, entender el inicio y el final, lo teníamos dentro de nosotros como un ovillo enredado.
Se hace difícil encontrar cuáles son realmente nuestras verdades. Descubrir las verdades, también las más incómodas, nos hace libres y nos consiente poder elegir la dirección en la que queremos proceder con esa persona. Nos permite alejarnos serenamente de lo que dejamos detrás de nosotros y pudiendo así acercarse y apreciar lo que se encuentra, y lo que aparece casualmente en nuestro camino.
Las añoranzas no sirven para nada. Significa perder el tiempo presente por un pasado que ya no nos pertenece.
Si caminamos por el mundo con la cabeza agachada, nunca llegaremos a ver la luz del sol que nos ilumina los ojos.
Todo en lo que dejamos de creer, deja de existir. También el amor. Y si no se sabe valorar el amor que en un momento se nos ofrece, este se alejará de nosotros porque no lo merecemos.

He entendido que el amor llega a quien tiene el coraje de estar y no elije deprisa de marcharse. Porque eso no es amor…, no es amor, aquel amor que cambia frecuentemente o se va cerrando la puerta tras de sí cuando encuentra el primer obstáculo.
No he creído nunca en los amores que resbalan como el aceite sin problemas, sin adversidades, sin obstáculos, sin pruebas por superar, sin confrontarse. Estas relaciones están vinculadas a lo que amigos y conocidos piensan y dicen de esa relación más que de lo que uno siente por el otro.
Nunca he creído en los amores, en los hombres y en las mujeres que van a la búsqueda de lo fácil. De lo que más les conviene.
Amar significa también sufrir. Y si no se quiere sufrir, no se debe amar. Y no nos está permitido hablar de amor. Tenemos que permanecer en silencio…
Pero después se sufre porque no se ama.
Y si ser feliz significa amar, entonces ser feliz significa también sufrir, porque amar es sufrir.
Pero si amar significa también sufrir, quiere decir que gran parte de la felicidad está ligada a dicho sufrimiento y todo esto nos hace comprender que no podemos evitar en ningún modo la otra parte de la moneda.
Por esto, prefiero siempre probar un sabor verdadero de la vida, aun que a veces tenga que sufrir. Mucho mejor que ir a la búsqueda, como el que anda a tientas en la oscuridad, para probar todo lo que se le presenta sin gustarse nada de verdad hasta el fondo.
Si no damos tiempo a que las circunstancias maduren, saltaremos siempre para no caer en el agua, como una rana salta de una hoja a otra en el estanque, sin nunca encontrar un verdadero punto de apoyo.
Si en el amor buscamos lo fácil, no encontraremos nunca en nadie aquel sabor que nos hace enloquecer.
Muchas veces las personas más encantadoras, las más profundas, las que más pueden dar, llevan en su interior unas vivencias complejas. Como una mochila llena de piedras. Siempre juzgadas por los demás por su modo de vivir y de ser. Pero sobre todo, por su pasado.
Son las personas más difíciles de amar, pero las más verdaderas. Cuando dan, dan de verdad, sin barreras, sin reservas, sin miedo, sin mentiras.
Y lo más importante… permanecen. Allí, a tu lado. No escapan, porque son luchadores natos.
Estas personas han vencido la desilusión, han superado los obstáculos, han subido de nuevo la larga escalera y han aprendido la lección pagando un alto precio. Para hacer esto han necesitado coraje… tanto coraje. El mismo coraje que sirve para amar.
Solo quien sabe ver más allá de las apariencias y vivir con la inquietud de descubrir lo qué se encuentra en la profundidad de su alma descubre por encanto su capacidad de dar y de llegar lejos.
Son los que tienen prejuicios, juzgan y se justifican, lo que se alejan fácilmente y se lamentan, los que se quedan en el fondo del pozo. No hay que fiarse, ya que con ellos no se llegará nunca a crear nada. Estas personas apagan las luces por miedo a que puedan fulminarse las lámparas y haciendo esto se regalan una vida en la oscuridad.
No hacen nada por cambiar, pero están siempre allí, preparados para lamentarse, asumiendo la parte de víctima, meciéndose en la propia inestabilidad emotiva y culpando a los demás de todo.
Si no llegan a salir de su cascara, no serán nunca independientes y no llegarán a crear un sentimiento profundo dentro de ellos.

En mi vida busco no tener nunca interrupciones con mi consciencia, es decir, busco no entrar nunca en contraste conmigo mismo. Con lo que mi alma desea.
También yo, como todos los seres humanos, a veces soy rehén y víctima de mis propias imperfecciones, de los propios errores, pero busco siempre limitares los daños desde un sincero examen de mí mismo.
Esa búsqueda interior es indispensable para entender qué somos y qué queremos, pero sobre todo, para entender nuestra prioridades. En el mundo actual, en la sociedad en la que vivimos, parece que el amor haya perdido su importancia y sea delante de las cosas que suceden un hecho secundario.
El objetivo para muchos es hacer buen negocios, ganar dinero, tener prestigio y popularidad rodeándose de gente que les sonríe, que los felicita, que los abraza, que les da palmaditas en la espalda y que los llama amigos. Ridículos…
Lo importante para ellos es estar rodeados de mucha gente, no importa la cualidad o la verdad que reside en ciertas personas, lo importante es no quedarse solo. La soledad los aterroriza. Ridículos…
Y haciendo esto olvidan el auténtico fin e verdadero, por el que han venido al mundo, que es el de no dejar nunca de buscarse y de buscar en la profundad de sí mismos la importancia del amor, de la amistad, de la lealtad, de la verdad, de aquel latir que le da un sentido a la vida.
Se dejan adiestrar como animales domésticos. Se dejan fabricar como un objeto a canalizar hacia la total despersonalización de ellos mismos, realizando el papel que los otros han elegido para ellos.
Es cuando llegan a ser un objeto productivo que sirve a la sociedad, que se dan cuenta de haber perdido la verdadera consciencia.
Esa consciencia que nos empuja a seguir adelante por el deber que teníamos de responder a las preguntas que la vida nos plantea o formula.
¿Por qué no has encontrado aún el amor?
¿Ese amor que llena cada uno de nuestros instantes en una pasión desbordante?
¿No lo has pensado ni siquiera por un momento que haya podido ser por tu culpa?
No existe una receta única, como no existe el amor perfecto. Y el amor perfecto no es en el que nunca falta nada. Eso es una tienda de juguetes para niños.
Si nosotros mismos no estamos completos, no podremos nunca llegar a una afinidad más profunda. ¿Cómo podemos amar si no sabemos ser amados?
Si el hombre no ha sido creado para estar solo… no lo has sido ni siquiera para estar con cualquiera. Y la selección no se hace probando, si no entendiendo. No son las distancias físicas el problema, sino los mentales. Las primeras llegamos a encontrarlas y a completarlas fácilmente, las segundas son dificilísimas. Hacer sexo es fácil para cualquiera, pero crear una complicidad con la persona con la que lo hacemos es más difícil, y transformar después dicho sexo en un acto de amor es casi imposible.
El cuerpo tiene exigencias distintas al alma. El cuerpo busca el placer, el alma necesita otras cosas. Necesita la eternidad. Necesita la verdad, la lealtad, la complicidad. Recorrer otros caminos que no son los de las apariencias.
Siempre he desconfiado de las personas que se enamoran muy fácilmente, siempre y de cualquiera. Las que pasan de un zapato a otro con mucha facilidad o que tienen los pies en dos zapatos a la vez. Esas que han amado muchas veces, sufrido muchas veces, que han sentido cosas en muchas ocasiones y después con un golpe de esponja las ves desaparecer y pasar a la escena sucesiva olvidando rápidamente todo lo que pasó en un primer momento; olvidando emociones, sensaciones y momentos vividos juntos. Son esas las personas que defino sin memoria. Las que cambian con facilidad sus sentimientos como se cambia el escenario de un teatro.
Pero los fines revelan los inicios.
Es el modo en el que las personas manejan el fin de un amor con el que se puede percibir con certeza su modo de amar. No se puede entrar en mitad de la vida de otro; quien llega a hacerlo llegará también a salir con la misma facilidad.
Creo que en la vida se ama de verdad muy pocas veces, y si lo que sentimos es un sentimiento grande y único, es difícil extirparlo con facilidad.
A veces tenemos necesidad de estar con alguien solo por disfrutar de la presencia de ese alguien, pero eso no es amor. No es amar. Significa no saber estar en su sitio, no saber esperar, no saber cuidar de uno mismo. Sentirse solos es estar con alguien al que no amamos. Esa es la verdadera soledad.
Es el castigo que nos regalamos porque aquello que aparentemente parece una fuerza es en realidad una fragilidad. Pero no existe una receta que pueda ir bien a todos. Es inútil pedir consejos o sugerencias, escuchar pareceres u opiniones si no llegamos a cuestionarnos lo que estamos haciendo para mejorar nuestra vida sentimental.
Creo que en vez de juzgar los comportamientos de los otros, sería más oportuno volver a empezar por nosotros mismos.
Si buscamos el amor, tenemos que dar siempre un paso por delante del miedo y tener el coraje de entrar en el juego.
El amor es una energía siempre en movimiento que se materializa en algunas personas, las cuales a veces se nos acercan. Sabremos distinguirlas solo si sabemos tener un espacio libre en nuestro corazón, buscando un enfoque profundo con lo que se presenta.
Quien no sabe renunciar a sus ilusorias seguridades en el futuro y las quiere transformar en certezas, en-con, el amor pierde el derecho de ser feliz.
No hay prestigio ni mérito en las apariencias de las cosas o de las personas, en la momentánea superficialidad, porque cuando esta se va, no queda nada.
Quedaremos vacíos. Porque todo aquello que creíamos un bien era en realidad un mal.
Y si invertimos nuestro tiempo, habremos hecho el peor de los negocios.
A veces, irse de este tipo de personas significa vencer, significa salvarse.
Las grandes almas que residen en las personas más ricas de espíritu no son las que aman frecuentemente, sino las que viven intensamente lo que amamos.
Amar, al menos, como lo entiendo yo.
Y el alma pregunta.

samuelebeniabram@yahoo.com

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