No tenían que desafiar el destino (La duda)

– Tienes que ayudar al destino si quieres que él te ayude.

Me lo decía siempre mi madre cuando era pequeño.

-No pienses que las cosas llegan solas, siempre tienes que poner algo de tu parte y el destino hará su trabajo. Pero si no haces nada y solo esperas, te darás cuenta pronto que el tiempo, a veces, no es tan amigo tuyo.

Qué razón tenía mi madre.

Cada vez que vuelvo a pensar en sus palabras me acuerdo de una historia que hace tiempo me contó un amigo. Una historia de amor que el destino había diseñado para ellos.

Un amor que ambos soñaban.

Ninguno de los dos tenía nada de especial. Ninguno de los dos resaltaba por alguna cualidad física. Eran dos personas simples, normales y modestas, como tantas que existen en cualquier parte del mundo. Cada uno de ellos dos, aunque de una manera diferente, creía que en alguna parte del mundo existía el alma gemela perfecta para amar. 

Creían, en un cierto sentido, tanto él como ella, en el milagro del amor que une a las personas que se buscan y que están destinadas a estar juntas por toda la vida.

Y un día…cansado de escuchar sus súplicas interiores, el destino hizo que aquel milagro de amor se convirtiera en una realidad para los dos. 

Casualmente, se encontraron en una parada de autobús. 

El mismo autobús, la misma dirección, el mismo punto de partida y de llegada, la misma hora, el mismo día.

Cuando él la vio, entendió inmediatamente, desde el primer instante, que era ella la mujer de su vida. El amor que tanto había buscado y que siempre había soñado. También ella, cuando lo vio tímidamente acercarse, sintió que ese chico sencillo y modesto sería su gran amor.

– Es increíble – le dijo él con los ojos que le brillaban de alegría – te he buscado durante toda mi vida. Quizás no me creas – añadió observando la expresión entusiasta, pero también un poco perpleja, de ella – pero tú eres la chica para mí, la chica que siempre he deseado y esperado.

– Y tú – le respondió ella con una sonrisa – eres el hombre para mí. El chico que siempre he querido. Te he imaginado siempre así, como eres, hasta en los más pequeños detalles, pareces salido de un sueño.

Y así fue que, sin conocerse y sin ni siquiera haber tenido el tiempo de presentarse, cogieron el mismo autobús y fueron en la misma dirección. Llegaron al mismo lugar y se bajaron en la misma parada. Luego se sentaron en un banco de madera y allí, cerca uno del otro, cogiéndose de la mano, empezaron a hablar durante horas y horas. 

Descubrieron así que estudiaban lo mismo, que iban a la misma universidad, tenían los mismos intereses y proyectos, deseaban las mismas cosas y veían el mundo con los mismos ojos. Desde aquel momento ninguno de los dos volvió a estar solo. 

El destino había provocado el encuentro de dos almas gemelas que se buscaban y que habrían podido amarse eternamente. Era realmente un milagro. Algo que no sucedía con frecuencia. 

Encontrar el verdadero amor y ser correspondido, amar y ser amado, era algo maravilloso.

Pasaban los días amándose como nunca, con los corazones llenos de alegría y las almas radiantes de felicidad.

Los amigos en común, que los veían siempre juntos, no creían que pudiera existir un amor tan grande.

Pero, incluso así, a pesar de aquella alegría, de aquella felicidad, de aquel amor intenso que se intercambiaban en cada instante con besos llenos de deseo y con abrazos llenos de pasión… incluso así, la duda atravesó el corazón de los dos chicos, sobre todo el corazón de ella.

¿Cómo era posible que un sueño tan bonito y deseado se hiciera realidad con tanta facilidad? Se lo preguntaba a menudo.

Y así, un día después de haber hecho el amor y haberse dicho palabras llenas de significado, ella que por naturaleza siempre dudaba de todo, le vino una idea y aprovechó justo ese maravilloso momento para decírsela a él.

-¿Por qué no vemos si realmente nacimos uno para el otro?

-¿Cómo? -le respondió él, sorprendido por aquella insólita propuesta. – No entiendo qué quieres decir.

-Tengo la duda de que todo lo que nos está sucediendo, que es realmente maravilloso, no sea real. Si estás de acuerdo conmigo, me gustaría hacer una prueba.

Sorprendido por aquella propuesta e incrédulo al escuchar aquellas palabras, el chico permaneció un momento en silencio observándola, escuchando con atención lo que tenía que decirle.

– Te propongo que nos separemos – le dijo ella como si fuera la cosa más fácil de hacer – distanciarnos durante un tiempo. Aunque cada uno de nosotros vive en un extremo de la ciudad, estoy segura de que volveremos a encontrarnos. Y cuando esto pase, nos casaremos y seremos felices toda la vida, porque sabremos que tenía que ser así. ¿Qué te parece mi propuesta? – le preguntó ella con una sonrisa.

– Estoy de acuerdo. – le respondió él considerablemente desilusionado y entristecido por aquella propuesta.

Nunca. Jamás, habría podido imaginar una cosa parecida.

– Intenta entenderme, – le dijo ella observando el aire desilusionado de él – yo también se que el destino ha preparado algo maravilloso para nosotros haciendo que nos encontremos, pero dentro de mí vive la duda de si este amor es real. Quisiera que tú me acompañaras en mi decisión.

Él accedió asintiendo, pero no añadió nada más. Dicho esto se separaron y salieron juntos de esa caseta que un amigo en común les prestaba todos los fines de semana para que pudieran encontrarse. Era su nido de amor.

Cuando salieron, cerraron la puerta detrás de ellos y, sin mirarse a la cara, cada uno de ellos se fue por su camino en una dirección opuesta.

Aquel día sus caminos se dividieron voluntariamente. 

A pesar de la felicidad, la alegría, el amor que cada uno sentía por el otro, para eliminar sus dudas querían más. Buscaban una demostración más explícita. Y a pesar de que el destino hubiera hecho su parte, decidieron desafiarlo.

Pero, a decir verdad, no había ninguna necesidad de demostrar nada. De hecho, no deberían ni siquiera intentarlo porque eran los amantes perfectos. 

Y el hecho de amarse era un milagro que el destino pocas veces concedía. Pero ellos no lo sabían, y creían que era algo normal, que pasaba con frecuencia.

El problema no residía solamente en la duda que persistía dentro de sus corazones, sino en la poca experiencia que tenían en la vida, para saber, ver y entender lo que les había sido regalado. Eran demasiado jóvenes y demasiado inexpertos para darse cuenta de esto.

Así… un viento frío creado por el mismo destino, se estableció entre ellos marcando las distancias.

Se perdieron de vista. Ninguno de los dos hacía nada por buscar al otro. Y aunque no pasaba ni un día en el que cada uno no pensara en el otro, las circunstancias de la vida trazaron un espacio demasiado grande entre ellos.

Después de pocos meses, por motivos de estudio, él se mudó a otra ciudad y emprendió una carrera opuesta a la que hacía ella. Hizo otras amistades y conoció a otras mujeres. 

También a ella le sucedió lo mismo. Cambió de estudios y se mudó a otra ciudad. Hizo nuevos amigos y vivió otras aventuras de “amor”.

Visto que eran jóvenes y pacientes, con el tiempo adquirieron una experiencia y un conocimiento de la vida que les permitió introducirse en la sociedad de alto nivel. Exactamente ese tipo de sociedad banal, superficial y efímera, que habían evitado siempre cuando, muchos años antes, cerraban la puerta de aquella caseta prestada por un amigo, para amarse intensamente dejando fuera el mundo que les rodeaba.  

Los dos, tanto él como ella, se convirtieron en ciudadanos modelos ejemplares. Sabían cómo cambiar línea en el metro, cómo enviar una carta urgente, cómo hacer una llamada internacional, contactar con los amigos por Internet, ir a misa los domingos, y no beber más de una copa de vino el sábado noche.

Él se había convertido en un famoso y reconocido abogado. Ella, una importante diseñadora de moda.

Pero… aunque estaban rodeado de gente importante e influyente, y eran invitados recíprocamente a las mejores fiestas, ninguno de los dos había vuelto a sentir con otra persona, lo que sentía cuando estaba dentro de aquella casita. Esas maravillosas sensaciones de amor, de protección, de afecto, habían desaparecido y parecían no quererse repetir.

Ninguno de los dos consiguió sentir de nuevo esa alegría, esa serenidad, esa felicidad del corazón, esa despreocupación del alma, que daba a entender que en ese momento eras amado y estabas amando.

Y aunque si cada uno de ellos volvió a vivir otro amor… ese amor no era lo mismo, no tenía el mismo sabor, y no transmitía la misma alegría. No era igual a aquel amor vivido hacía mucho tiempo. Y… sus respectivas almas, se negaban a amar con la misma intensidad y pasión de antes. Parecía que dentro de ellos existiera un bloqueo emocional. Y el tiempo pasaba. 

Ella, aunque no estaba demasiado convencida, se casó con un próspero hombre de negocios. El se casó con una mujer que se dedicaba a lo mismo que él, encontrada en los tribunales. Y aunque a primera vista parecía un amor idílico, también él, pasado un tiempo, se separó.

Y después de haberse, recíprocamente, casado y separado de sus consortes, tanto él como ella, volvieron a estar solos. Solos como cuando se encontraron por primera vez en la parada del autobús. Cada uno de ellos llevaba dentro de sí, dentro de su corazón, la razón de sus elecciones, y pagaba las consecuencias de sus decisiones.

Un día… una hermosísima y perfumada mañana de primavera, en una concurrida y famosa calle del centro, sucedió algo. Mientras él, con paso apresurado, buscaba el número de un edificio donde le esperaban para una importante reunión de trabajo, ella caminaba en la misma acera en la dirección contraria, hacia un showroom abierto recientemente.

Inevitablemente se encontraron en la mitad del camino. Sus ojos… los ojos de un atractivo hombre y de una bella mujer se encontraron de nuevo como cuando eran jóvenes y se vieron por primera vez en aquella parada del bus.

Pero había pasado mucho tiempo. Había pasado demasiado tiempo. Y cómo habían cambiado.

Una tenue chispa de un recuerdo perdido iluminó durante un instante sus corazones, que empezaron a latir fuerte, y un escalofrío como una señal llegada del cielo, recorrió sus cuerpos. Sus almas volvieron a vivir por un momento y se reconocieron al instante, pero no consiguieron hacer que sus voces se oyeran porque habían callado durante demasiado tiempo.

Ella era perfecta para él, él era perfecto para ella, la vida les había hecho encontrarse a propósito, sus almas estaban dispuestas a amarse eternamente, no debían pedir más. 

No debían nunca dejarse. No debían nunca desafiar al destino. Debían sin embargo, haber vencido sus dudas, dejar a parte sus incertidumbres, y lanzarse con coraje a vivir aquel maravilloso regalo que la vida les había dado.

Y fue así, que aquella débil chispa que nació por un instante entre ellos, no consiguió hacerse escuchar. Era tan débil que las palabras no pudieron salir con la misma ingenua facilidad y simplicidad como hicieron tantos años antes.

Se miraron en los ojos como hacen millones de personas, pero no se dijeron nada. Se intercambiaron solo una banal sonrisa de conveniencia y cortesía, y desaparecieron rápidamente entre la multitud, cada uno en su dirección.

Él fue a su cita de trabajo y ella llegó puntual a la suya. Cada uno de ellos, continuó su vida con la duda dentro del corazón de si aquello que vivieron mucho tiempo antes habría podido ser su amor más grande. Una duda que, cada uno de ellos antes de dormir planteaba a su alma… y se transformaba en certeza cuando el alma le respondía.

Ambos, aunque tarde, habían aprendido que para amarse se necesita coraje, y sin el sentir, sin la pasión, sin el deseo, sin las ganas de amar a esa persona, incluso el amor se transforma en una banal costumbre común.

No tenían que desafiar el destino.

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