CUARENTONA MÍA

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Una cuarentona me trae muy loco,
a esa mujer la amo,
y la quiero conmigo,
y la tendré conmigo.

Me gustaría saber qué se
siente amarle en su edad,
y también sentir de qué manera
me puede llegar a amar,
estoy seguro que me cuidaría
como si fuera un hijo suyo,
con la diferencia de que
a cada rato me querrá fo’llar.
Me apetece saber a qué sabe
la carne de una cuarentona,
tal vez su sabor sea más fuerte,
o más amargo,
o más endulzado,
no sé;
quiero también olerla,
seguramente me volvería aún más loco,
mi nariz palpitaría;
estoy seguro que no me querré despegar de sus axilas ni de sus pechos por las noches,
porque su aroma debe ser muy adictivo,
muy penetrante.
Quiero la’merla,
sentir como se quema tras
el paso de mi lengua,
ver de qué forma se le eriza la piel
y cómo se pone de ansiosa,
de pegajosa.

Tengo tantas ganas de quitarle
un “0” a su edad y ponerla en 4,
no me imagino el paraíso que
podré observar al tenerla así,
tan expuesta,
tan ofrecida,
tan a mi disposición.
Quiero escucharle ge’mir en mi oído
y que me diga las suciedades que
pueda imaginar una dama de su edad.
Quiero descubrir qué tan
gua’rra se puede poner,
ver su cuerpo de 40 retorcer,
y cuántas veces se es capaz de correr,
saber cuáles son sus límites en la cama.
Pero a esta mujer también la
quiero ver como una dama,
caminando por la calle muy propia,
muy cordial,
que nadie sepa lo perver’sa que es,
porque me pondría muy celoso si
alguien la llegara a imaginar así,
solo yo puedo hacerlo,
nadie más,
me moriría de coraje,
por eso,
debe demostrar lo decente que es,
todo una señora:
yendo de compras,
escogiendo las mejores verduras,
saludando a sus conocidos,
riendo decentemente,
ladeando su cabello de un lado a otro,
ropa casual,
nada exhuberante
pero aún así sensual;

tan inocente con todos,
tan pu’ta cuando estamos solos.

Esa mujer es mía,
toda completa mía,
miísima,
es mi hembra,
y me hace hombre cada que quiere;
sus años me pertenecen,
su carne,
su mente;
toda ella es mía,
toda,
no hay cosa de ella
que no me pertenezca,
es de mi propiedad,
tiene dueño de la cabeza a los pies.

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