Profesor Sorel

Albert Lory es un apocado profesor en un colegio de una pequeña ciudad ocupada por los nazis que, pese a su edad vive con su madre y está secretamente enamorado de su vecina, la también profesora Louise Martin, motivo por el que es objeto de las burlas de sus alumnos. Burlas que aumentan cuando durante los bombardeos tiembla como un niño abrazado a su madre.

Paul, hermano de Louise, trabaja en la compañía ferroviaria que dirige George Lambert, prometido de esta, al que Louise solicita que haga valer su amistad con los nazis y les pida explicaciones por haber entrado en su caso y requisado las páginas que, debido a la censura arrancaron de los libros de texto y que ella guardaba para poder volverlos a pegar.

Pese al estado policial hay un sabotaje en los ferrocarriles que hace chocar a dos trenes cargados de comida, aunque los nazis lo hacen pasar por un accidente para evitar mártires.

Pero no podrán pasar por alto un atentado dirigido contra el mayor Von Keller, el más alto mando de la ciudad tras desmantelar una imprenta clandestina que imprimía octavillas. Y en respuesta a dicha acción, realizada por Paul, detienen a varias personas, entre las que se encuentra el profesor Sorel, el director judío de la escuela, al que Lory adora, sin que sirvan de nada los ruegos de Louise, que trata de buscar el apoyo de George, el cual se muestra favorable a los alemanes, decepcionando a su novia que lo abandona.

Un nuevo atentado contra un convoy provocará nuevas detenciones, entre ellas la de Lory, por lo que su madre acude inútilmente a todas las estancias, hasta que finalmente va a ver a George Lambert al que le cuenta que el autor de los sabotajes es Paul Martin, al que vio en varias ocasiones esconderse de los nazis tras los atentados.

Los nazis acuden a buscarlo al trabajo, y, aunque arrepentido de su chivatazo, George trata de avisarlo, finalmente es abatido.

Puesto Albert en libertad, Louis piensa que lo logró delatando a Paul. Y Albert, que ignoraba lo ocurrido se entera por su madre de que fue ella quien lo delató ante George.

Von Keller le pide a este que se reconcilie con Louise para obtener el nombre de los cómplices de Paul. Pero George, que se siente culpable se suicida justo cuando llegaba Albert a vengarse por su delación, siendo acusado él de su muerte, motivada por los celos.

Lory acude sin abogado al tribunal señalando que él por su cobardía nunca podría haber matado a George aunque lo deseara, contando que fue su madre quien, por amor lo delató. Tras ello acusa a las clases medias por su conveniencia por preferir mantener sus negocios a luchar contra la invasión. Acusa además al alcalde, pidiendo el fiscal entonces un receso.

El propio Von Keller lo visita esa noche en su celda diciéndole que será absuelto, pues harán aparecer una nota de confesión.

Pero cuando por la mañana ve desde su celda cómo son fusilados el profesor Sorel y otras personas, rechaza por falsa la carta aportada por el fiscal y prosigue con su alegato en el que acusa a los colaboracionistas reconociendo su amor por Louise y animando al sabotaje.

El jurado sin tener que retirarse a deliberar lo declara inocente por unanimidad, tras lo cual y junto a Louise, su gran amor regresa al colegio donde ante los niños, que ya no le ven como un cobarde dará su última lección: la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, siendo detenido como esperaba., tras lo cual, feliz, se despide de Louise, que continúa su labor leyendo los siguientes artículos de los Derechos Humanos.

La pelicula: Esta tierra es mía (1943) USA

Tiene fallos, es propagandística, moralista, anticuada, ingenua… y qué. Esta película sigue teniendo una fuerza descomunal 67 años después de ser filmada y si ahora es así, no me quiero imaginar lo que debió de ser verla en esos convulsos años. En plena II Guerra Mundial, Jean Renoir rueda una película en defensa de la democracia, la libertad y los derechos humanos con el objetivo de que EEUU se implique en un conflicto, al que solo se incorporaron cuando sus bases de Pearl Harbor se vieron arrasadas por los kamikazes nipones.

Aunque es obvio que se trata de una película que nos intenta vender algo, yo la veo como una obra más pedagógica que propagandística, aunque seguramente tenga tanto de lo uno como de lo otro. Y es que al fin y al cabo lo que nos intenta inculcar son una serie de ideales ante los que poca gente puede estar en desacuerdo e insisto en echar un ojo al año de su realización (1943), para comprender su valor y su importancia. Es imposible no emocionarse con el discurso final y la lectura ante los niños.

No me gusta la exageración en la relación materno filial entre Laughton y O’Connor, la dependencia entre uno y otro llega a rozar lo esperpéntico, lo que la hace poco creíble. Esto provoca que la interpretación de Laughton me parezca forzada, aunque lo arregla todo con esos últimos veinte minutos en los que su personaje toma conciencia y cambia completamente de registro. Durante el discurso es imposible alejar la atención de Laughton y su parlamento. Aún así el héroe de esta película no es Albert Lory (Laughton) sino el Profesor Sorel (Merivale). Su muerte y su lucha silenciosa son las que despiertan a Lory de su letargo y le llevan a reaccionar frente a la tiranía.