Categoría: Cuento

El regalo de los insultos

Cerca de Tokio viví­a un gran samurai, ya anciano, que ahora se dedicaba a enseñar el budismo zen a los jóvenes. A pesar de su edad, corrí­a la leyenda de que aún era capaz de derrotar a cualquier adversario.

Cierta tarde, un guerrero, conocido por su total falta de escrúpulos, apareció por allí­. Era famoso por utilizar la técnica de la provocación: esperaba que su adversario hiciera el primer movimiento y, dotado de una inteligencia privilegiada para captar los errores cometidos, contraatacaba con velocidad fulminante.

El joven e impaciente guerrero jamás habí­a perdido una lucha. Conociendo la reputación del samurai, estaba allí­ para derrotarlo y aumentar así­ su fama.
Todos los estudiantes se manifestaron en contra de la idea, pero el viejo aceptó el desafí­o.

Fueron todos hasta la plaza de la ciudad, y el joven comenzó a insultar al viejo maestro. Arrojó algunas piedras en su dirección, le escupió a la cara, gritó todos los insultos conocidos, ofendiendo incluso a sus antepasados.. Durante horas hizo todo lo posible para provocarlo, pero el viejo permaneció impasible. Al final de la tarde, sintiéndose ya exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró.

Decepcionados por el hecho de que su maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron:
– ¿Cómo ha podido usted soportar tanta indignidad? ¿ Por qué no usó su espada, aún sabiendo que podí­a perder la lucha, en vez de mostrarse cobarde ante todos nosotros?
– Si alguien se acerca a tí­ con un regalo, y tú no lo aceptas, ¿a quien pertenece el regalo? preguntó el samurai.
– A quien intentó entregarlo – respondió uno de los discí­pulos.
– Pues lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos – dijo el maestro. – Cuando no son aceptados, continúan perteneciendo a quien los cargaba consigo.


“El dolor es inevitable pero el sufrimiento es opcional.” 

Disculpe… Quiero hacerle el amor

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¡Usted me gusta! ¡Usted me encanta! Y yo a usted… ¡Le deseo!

 

¡No se espante ni baje los santos del cielo! No sea como las demás que se espantan de sus deseos. Prefieren callarlos por parecer pulcros de pensamiento ante una sociedad que juzga a todos los demás, pero nunca se juzgan a sí mismos. No se equivoque, no soy un cualquiera, simplemente soy libre de mente y alma, soy un ser humano a plenitud y negarme que ansío su cuerpo desnudo junto al mío, sería tanto como faltarme a mí mismo.

 

Irremediablemente me gusta desde el primer momento en que la vi. Desearla fue sólo cuestión de tiempo. Es usted atractiva y ardiente. Es libre del mismo modo que yo, así que el daño en esta relación es nulo.

Sé que siente lo mismo. No puede negar su mirada un hecho profundo, también usted tiembla cuando piensa en mí, usted también erotiza mi imagen en sus pensamientos dulces, pensamientos sucios; usted también me ha hecho el amor en sus sueños. Cuando estamos cerca nuestras mentes divagan. Y para serle más franco, me encantaría besar esos labios suyos e incitarle a pecar.  Robarle un beso que capture de usted ese temor y lo recicle en pasión. Para que desate su deseo y complazca su cuerpo y la sed de placer que hace tiempo no siente. Que me haga suyo a su gusto, manera y con libertad.

Nuestra naturaleza propia alza su voz y es necesario que sepa que no descansaré hasta al fin seducirla. Yo voy a ser suyo y usted será mía. Lo que nazca después o no, será el resultado de rendirnos a nuestros carnales deseos. Sin temor sin pudor yo quiero hacerle el amor.

Puede ver que soy honesto con usted. Los días en su presencia son candentes y las noches en mis sueños, son un volcán en erupción. No voy a callar mi deseo, no voy a negar mi deseo. ¡Y usted tampoco lo hará! Que entregarnos el uno al otro es parte de experimentar.

Puedo estar bien o no, ¡Cómo saberlo! Dios juzgará mis acciones y mientras ello pase, yo la quiero en mi cuerpo. Quiero hacerle el amor.

Dulces sueños para usted… Sueñe conmigo y hágalo bien. Yo la estoy esperando.

San Valentín

Existen varias teorías acerca del nacimiento del Día de San Valentín, y una de ellas se encuadra a una historia que mezcla el drama con el romanticismo, mientras otros sostienen que se trata de una fiesta cristianizada del mundo pagano.
Pero una de las que más se conocen y circulan actualmente por la web es la que se remonta a la Roma del siglo III. Por esos tiempo se perseguía al cristianismo y estaba prohibido el matrimonio de los soldados, pues en el reino creían que los hombres solteros eran mejores soldados de batalla, no así los que estaban casados, por estar emocionalmente ligados a sus familias. Ante esta situación nace la figura del sacerdote cristiano Valentín, que considera injusta la obligación a los soldados de no casarse y decide unir en matrimonio a las parejas a escondidas de los jefes romanos con la bendición cristiana.

Así, la figura de Valentín emerge como el protector de los enamorados y realiza bodas secretas por toda Roma, hasta que es llamado por el emperador Claudio II, pero una campaña en contra del sacerdote hace que este sea procesado.

Asterius, un lugarteniente de Roma, tuvo a su cargo la condena de Valentín. Este en una ocasión se burló de la religión cristiana y puso a prueba a Valentín, preguntándole si sería capaz de devolverle la vista a una de sus hijas ciega de nacimiento. El sacerdote aceptó y se dio el milagro. Asterius y su familia se volvieron cristianos, pero no pudieron salvar a Valentín de su martirio, siendo este ejecutado un 14 de febrero.
Dos siglos después la misma iglesia católica reavivó la historia, y poco más tarde Valentín fue canonizado.

Entonces, casi sin pretenderlo, San Valentín se convirtió en el patrono de todos los enamorados .

La historia de San Valentín será recordada hoy en casi todo el mundo.

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Más amor y menos palabras

Una reflexión de amor
De vez en cuando voy a la estación y cojo un tren.
Sin un destino determinado, recorro centenares y centenares de kilómetros, con la intención de llegar a algún lugar desconocido. Para poder tener la sensación de moverme rápidamente de un mundo a otro. Mundos diferentes entre ellos.
Recuerdo que una vez, mientras en la estación esperaba sentado a que mi tren llegase, miraba con curiosidad a las personas que pasaban delante de mí. Distintas entre sí, parecían esperar algo o a alguien. Como si la vida dependiera de aquél “algo” que debería pasar o de ese “alguien” con el que tendrían que encontrarse.
Cada uno de ellos llevaba dentro de su corazón dolores y placeres, sufrimientos y alegrías, amores y desamores que transpiraban desde sus rostros. Jóvenes y viejos, guapos y feos, interesantes o banales. Aquellos rostros sin nombres comunicaban sus estados de ánimo.
Entendí que cada uno de nosotros representa un mundo en miniatura aparentemente igual, pero profundamente diferente. Estamos atrapados por una sociedad que nos quiere a todos iguales. Esclavos de una prisa por vivir que nos aprisiona y nos corta la personalidad de ser y de poder llegar a ser un individuo.
Nos convertiremos en muchas personas dentro de una sola si escucháramos lo que dicen los otros de nosotros. También de los que consideramos y creemos nuestros amigos.
Me convertiría en otro hombre si escuchase las interpretaciones que dan de cada uno de mis pasos, gestos o palabras, y de aquellas presuntas verdades en las que ellos creen ciegamente.
Pero yo tengo una sola personalidad y es la mía. No me importan los que asumen otra según las circunstancias en las que se encuentren o con quien se encuentren. En el fondo, quien se comporta así no tiene ninguna personalidad; es solo una bandera que se mueve según la dirección del viento.
A pesar de que es difícil desatarse de una etiqueta incómoda que los otros te pegan, sin ni siquiera conocerte. No hemos venido al mundo para satisfacer las expectativas de nadie. Hemos venido para evolucionar, intentado mejorar en cada paso que damos.
En cierto modo la meta es alcanzar aquella felicidad a la que cada uno de nosotros aspira.
Por desgracia, de lo que es necesario y profundo, de lo que en la vida vale la pena de verdad, solo nos damos cuenta cuando hemos tenido todo lo superficial, cuando hemos conocido lo banal y hemos perdido gran parte de nuestro tiempo con personas inútiles.
Pero, es solo cuando sabemos de verdad lo que queremos, que no tomamos todo lo que nos pasa por delante y preferimos estar allí, esperando algo o alguien que valga la pena de verdad. Al menos para nosotros.

He entendido que en la vida es importante apostar si se quiere cambiar, entender, crecer, superarse.
Volver de nuevo a mirar dentro de uno mismo sin tener miedo de poder encontrarse. Sin tener el miedo de descubrir dentro de nosotros algo que no nos guste.
Llegando a entender en lo que nos hemos transformado tras un largo y a veces apático tiempo vivido entre alegrías y dolores.
Un tiempo que, para muchos, representa solo momentos confusos rodeados de una falsa y aparente felicidad.
Nos engañamos, regalándonos mentiras para no desvelar nuestras inquietudes.
Deberíamos, por el contrario, sin juicios ni prejuicios, liberarnos de las estructuras que nos aprisionan y que nos impiden de un modo sutil poder entender verdaderamente lo que nuestra alma necesita para sentirse feliz y libre.
Esa libertad interior que nos permite rendirnos a nuestras emociones. Liberándonos de máscaras, modos de ser y de vivir que la sociedad nos impone, pero que no forman parte de nosotros, porque no nos pertenecen.
Queremos todo y no sabemos nunca qué elegir.
Buscamos a alguien y después no sabemos qué hacer con él.
Como toda esa gente que está junta sin amor, solo para hacerse compañía y que no tiene el coraje de decirlo.
Como toda la gente que se ama, pero que no tiene el coraje de arriesgar.
Como toda la gente que aunque su relación se haya terminado, y no tienen más contacto, continúan amándose, sin que ninguno de los dos encuentre el coraje de decirlo, u de dar un paso, perdiendo así la posibilidad de ser felices.
Y por su estúpido orgullo dejan pasar el tiempo, encontrándose después en compañía de otra persona que no tiene nada que ver con ellos.
Toda esta gente es aquella que de un modo u otro van y vienen distanciándose siempre del amor. A veces las relaciones se dejan no solo porque un sentimiento muere, si no que se pierden sin un verdadero motivo. Por miedo, por cobardía, por inseguridad o, simplemente, por no tener la fuerza de afrontar la fatiga que conlleva comprometerse con esa otra persona.
En el momento en el que decidimos no dar, no abrirnos, absteniéndonos de hacerlo, sea cual sea el motivo, nos quitamos el amor a nosotros mismos y no a la persona de la que nos alejamos, porque para hacer esto debemos ponernos una armadura que nos obliga a ser diferentes de lo que somos.
De hecho, la añoranza más dura que uno puede tener en su vida es la de no haber tenido el coraje de arriesgar, de dejarse llevar al menos una vez por lo que sentía más que por lo que pensaba.
De sumergirse en el océano de los sentimientos y de las emociones, y participar con complicidad en el deseo de su alma en la carrera de la propia felicidad, sin rendirse como muchos hacen antes de llegar a la meta.
Solo en el momento en el que nos abandonamos a aquel gesto verdadero, auténtico y natural, reencontramos como por arte de magia dentro de nosotros mismos la fuerza de amar y ser amados. Solo en el momento en el que encontramos el coraje de rendirnos sin resistencias al amor, este como si lo hubiésemos llamado, vendrá casualmente a nosotros y nos llenará de alegría.
Nadie puede dudar de que hemos venido al mundo para amar y ser amados.
En todas las cosas que hacemos o queremos, también sin saberlo amamos siempre.
También en las cosas en las que parece excluido, en las cosas más simples y banales, el amor está presente y es imposible que el hombre pueda vivir un solo instante sin el, ya que si así fuese, su vida sería triste y oscura.
Amar significa dejarse transportar por lo que sentimos con la esperanza de que nuestro amor despierte el mismo amor en la persona amada. Es un hecho de fe y cualquiera que tenga poca fe en la fuerza del amor, no lo recibirá.
Frecuentemente, por miedo a poder encontrarnos solos, nos emborrachamos de compromisos, de trabajos, de obligaciones, de ocupaciones de todo tipo, en un mundo donde parece que no hay más espacio para los sentimientos. Es por este miedo que muchos pasan como los monos de una rama a otra entre los árboles.
Sin pensar que la condena a la infelicidad es justo el miedo a esa soledad, que vivida de una forma diferente nos daría la posibilidad de elegir, y nos haría entender que es mucho mejor convivir con nuestras libres imperfecciones que destruir nuestra vida por temor a sufrir por amar y vivir solo de las apariencias. Esas apariencias que serán un día escenario de nuestra infelicidad.
Es fácil abrirse a los otros solo cuando tenemos la posibilidad ventajosa de hacerlo. En el fondo regalamos nuestras horas muertas rellenándolas de instantes que ilusoriamente creemos profundos. Escondemos el hecho de que ofrecerse se convierte una vez más en recibir y no en dar. Un gesto egoísta y no altruista. Una acción planificada y no llena de amor.

He entendido que el mal muchas veces reside en la incapacidad, y en la falta de humildad por reconocer los propios errores. De poner un punto final. Trazar una línea y volver a empezar de cero.
Dentro de cada uno de nosotros vive la fuerza y la potencialidad de ser lo que decidamos ser siempre y cuando no se pierda la ocasión de dar y de seguir el camino que creemos, aunque los demás nos digan que es el erróneo. La masa, la multitud, la muchedumbre… nunca ha sido portadora de ninguna verdad.
Los amigos, los conocidos, los que nos encontramos no saben lo qué vive en la profundidad de nuestro océano interior, qué reside en el fondo del alma. De nuestra alma.
Elegir es justo pararse un momento a esperar, a pensar, a reflexionar sobre lo que más nos deleita. Significa encontrarse de nuevo delante de los propios deseos y darse el tiempo de no juzgar demasiado rápido.
A veces un juicio rápido puede dejar a la persona más inteligente fuera de combate. En definitiva, la elección es el amor que nos damos a nosotros mismos. Sin elección no hay amor. Y en la conveniencia, en la comodidad o en la oportunidad no hay amor porque no hay elección.
Hubo un tiempo en el que creía que para amar bastaba sentir el latido del propio corazón, la pasión visceral del cuerpo, el brillar alegre del alma y era solo esto lo que buscaba en cada mujer.
Hoy, por el contrario, sé que no podría nunca enamorarme de una mujer que en una puesta de sol ve solo una puesta de sol. Que no se emociona como una niña delante de cualquier cosa maravillosa. Que sus objetivos son diferentes y lejanos de los míos. Que no tenga la capacidad de conmoverse delante de un niño que llora o que permanezca indiferente delante de un hombre que le pide una moneda. En definitiva, que sienta y vea la vida en una dirección opuesta a la mía. No quiero una mujer que se limite a convivir con un charco de agua dentro de sí y tampoco una mujer que se limite a un río, necesito una mujer que aspire a un océano, para poder amarla. Que no aplauda sonriente lo que ve delante de sus ojos en vez de escuchar y valorar, lo que siente dentro de su corazón, por la incapacidad de hacerlo.
Una mujer que sepa soñar. Soñar significa ver más lejos de los ojos, entender más de la mente y llegar a acariciar y apreciar todo lo que la mano y el cuerpo no alcanzan. Significa ver un mundo diferente dentro el mundo que nos rodea. Y quien no sabe soñar, debe conformarse con ver lo que puede, tocar lo que alcanza y entender lo que es simple de comprender.
Para amar… para amar de verdad, necesito que dicha mujer perciba el mundo como lo siento yo. Con la misma luz en nuestros ojos, con los mismos horizontes por alcanzar.
Para amarse se necesita que las bases y los valores donde construir el camino estén hechos de la misma materia. Sólidos e inalterables, ya que si no es asi, con el tiempo todo se esfumará y aquel amor no tendrá la fuerza necesaria para resistir a las duras intemperies de la vida y a los obstáculos que deberá afrontar.
La afinidad entre un hombre y una mujer, como del resto la complicidad que los une, nace entre las raíces de los propios pensamientos que se entrecruzan uno con otro reforzándose recíprocamente.
Si se construyen muros para protegerse, un día estos mismos muros se convertirán en una prisión y será difícil encontrar el modo de salir, porque el tiempo que creíamos nuestro aliado se habrá transformado en nuestro peor enemigo. Un tiempo que no rueda en un círculo, si no que avanza silencioso y veloz en línea recta.
Ninguna historia de amor es perfecta. Lo sabemos, aunque nadie quiera aceptarlo o reconocerlo. Hay siempre algo de nosotros que debemos estar dispuestos a perder para poder recibir aquella cosa que el otro nos da y que nos rellena el corazón, encontrarnos junto a aquella persona como si estuviésemos solos con nosotros mismos, en perfecta armonía. Por desgracia hay muchas personas que aman vivir el amor de un modo superficial y no permiten a nadie descubrir su mundo y hacer penetrar las raíces del otro en la profundidad. Estas personas no han entendido aún, que la felicidad no puede esperar eternamente.
Cuando en una historia de amor no existen las raíces, esta historia está terminada, aunque las dos personas vivan juntas desde hace tiempo. Ninguna de ellas se sentirá parte de la otra, solo un componente dispensable y en un cierto modo fácilmente sustituible.
No han entendido que no tenemos otra posibilidad. No hay otras posibilidades. Solo tenemos una delante de nosotros, y se llama vida. Si no conseguimos entenderlo a tiempo, no lo entenderemos nunca.
El amor es para quien no tiene miedo de caminar en la oscuridad.
El amor es para quien se deja abierta la puerta del propio corazón y permite penetrarlo y expandirse a quien tiene verdaderamente ganas de hacerlo. El amor llega a quien sabe escuchar la voz de su propia alma y no la combate con las formas o las apariencias.
El amor no está hecho para los que llevan gafas de cristal oscuro escondiendo así las expresiones del corazón.
Cuando en la mente repleta de pensamientos por las muchas experiencias negativas vividas en el pasado se forman los nudos de las cuerdas del destino, no se puede enhebrar, desatar, entender el inicio y el final, lo teníamos dentro de nosotros como un ovillo enredado.
Se hace difícil encontrar cuáles son realmente nuestras verdades. Descubrir las verdades, también las más incómodas, nos hace libres y nos consiente poder elegir la dirección en la que queremos proceder con esa persona. Nos permite alejarnos serenamente de lo que dejamos detrás de nosotros y pudiendo así acercarse y apreciar lo que se encuentra, y lo que aparece casualmente en nuestro camino.
Las añoranzas no sirven para nada. Significa perder el tiempo presente por un pasado que ya no nos pertenece.
Si caminamos por el mundo con la cabeza agachada, nunca llegaremos a ver la luz del sol que nos ilumina los ojos.
Todo en lo que dejamos de creer, deja de existir. También el amor. Y si no se sabe valorar el amor que en un momento se nos ofrece, este se alejará de nosotros porque no lo merecemos.

He entendido que el amor llega a quien tiene el coraje de estar y no elije deprisa de marcharse. Porque eso no es amor…, no es amor, aquel amor que cambia frecuentemente o se va cerrando la puerta tras de sí cuando encuentra el primer obstáculo.
No he creído nunca en los amores que resbalan como el aceite sin problemas, sin adversidades, sin obstáculos, sin pruebas por superar, sin confrontarse. Estas relaciones están vinculadas a lo que amigos y conocidos piensan y dicen de esa relación más que de lo que uno siente por el otro.
Nunca he creído en los amores, en los hombres y en las mujeres que van a la búsqueda de lo fácil. De lo que más les conviene.
Amar significa también sufrir. Y si no se quiere sufrir, no se debe amar. Y no nos está permitido hablar de amor. Tenemos que permanecer en silencio…
Pero después se sufre porque no se ama.
Y si ser feliz significa amar, entonces ser feliz significa también sufrir, porque amar es sufrir.
Pero si amar significa también sufrir, quiere decir que gran parte de la felicidad está ligada a dicho sufrimiento y todo esto nos hace comprender que no podemos evitar en ningún modo la otra parte de la moneda.
Por esto, prefiero siempre probar un sabor verdadero de la vida, aun que a veces tenga que sufrir. Mucho mejor que ir a la búsqueda, como el que anda a tientas en la oscuridad, para probar todo lo que se le presenta sin gustarse nada de verdad hasta el fondo.
Si no damos tiempo a que las circunstancias maduren, saltaremos siempre para no caer en el agua, como una rana salta de una hoja a otra en el estanque, sin nunca encontrar un verdadero punto de apoyo.
Si en el amor buscamos lo fácil, no encontraremos nunca en nadie aquel sabor que nos hace enloquecer.
Muchas veces las personas más encantadoras, las más profundas, las que más pueden dar, llevan en su interior unas vivencias complejas. Como una mochila llena de piedras. Siempre juzgadas por los demás por su modo de vivir y de ser. Pero sobre todo, por su pasado.
Son las personas más difíciles de amar, pero las más verdaderas. Cuando dan, dan de verdad, sin barreras, sin reservas, sin miedo, sin mentiras.
Y lo más importante… permanecen. Allí, a tu lado. No escapan, porque son luchadores natos.
Estas personas han vencido la desilusión, han superado los obstáculos, han subido de nuevo la larga escalera y han aprendido la lección pagando un alto precio. Para hacer esto han necesitado coraje… tanto coraje. El mismo coraje que sirve para amar.
Solo quien sabe ver más allá de las apariencias y vivir con la inquietud de descubrir lo qué se encuentra en la profundidad de su alma descubre por encanto su capacidad de dar y de llegar lejos.
Son los que tienen prejuicios, juzgan y se justifican, lo que se alejan fácilmente y se lamentan, los que se quedan en el fondo del pozo. No hay que fiarse, ya que con ellos no se llegará nunca a crear nada. Estas personas apagan las luces por miedo a que puedan fulminarse las lámparas y haciendo esto se regalan una vida en la oscuridad.
No hacen nada por cambiar, pero están siempre allí, preparados para lamentarse, asumiendo la parte de víctima, meciéndose en la propia inestabilidad emotiva y culpando a los demás de todo.
Si no llegan a salir de su cascara, no serán nunca independientes y no llegarán a crear un sentimiento profundo dentro de ellos.

En mi vida busco no tener nunca interrupciones con mi consciencia, es decir, busco no entrar nunca en contraste conmigo mismo. Con lo que mi alma desea.
También yo, como todos los seres humanos, a veces soy rehén y víctima de mis propias imperfecciones, de los propios errores, pero busco siempre limitares los daños desde un sincero examen de mí mismo.
Esa búsqueda interior es indispensable para entender qué somos y qué queremos, pero sobre todo, para entender nuestra prioridades. En el mundo actual, en la sociedad en la que vivimos, parece que el amor haya perdido su importancia y sea delante de las cosas que suceden un hecho secundario.
El objetivo para muchos es hacer buen negocios, ganar dinero, tener prestigio y popularidad rodeándose de gente que les sonríe, que los felicita, que los abraza, que les da palmaditas en la espalda y que los llama amigos. Ridículos…
Lo importante para ellos es estar rodeados de mucha gente, no importa la cualidad o la verdad que reside en ciertas personas, lo importante es no quedarse solo. La soledad los aterroriza. Ridículos…
Y haciendo esto olvidan el auténtico fin e verdadero, por el que han venido al mundo, que es el de no dejar nunca de buscarse y de buscar en la profundad de sí mismos la importancia del amor, de la amistad, de la lealtad, de la verdad, de aquel latir que le da un sentido a la vida.
Se dejan adiestrar como animales domésticos. Se dejan fabricar como un objeto a canalizar hacia la total despersonalización de ellos mismos, realizando el papel que los otros han elegido para ellos.
Es cuando llegan a ser un objeto productivo que sirve a la sociedad, que se dan cuenta de haber perdido la verdadera consciencia.
Esa consciencia que nos empuja a seguir adelante por el deber que teníamos de responder a las preguntas que la vida nos plantea o formula.
¿Por qué no has encontrado aún el amor?
¿Ese amor que llena cada uno de nuestros instantes en una pasión desbordante?
¿No lo has pensado ni siquiera por un momento que haya podido ser por tu culpa?
No existe una receta única, como no existe el amor perfecto. Y el amor perfecto no es en el que nunca falta nada. Eso es una tienda de juguetes para niños.
Si nosotros mismos no estamos completos, no podremos nunca llegar a una afinidad más profunda. ¿Cómo podemos amar si no sabemos ser amados?
Si el hombre no ha sido creado para estar solo… no lo has sido ni siquiera para estar con cualquiera. Y la selección no se hace probando, si no entendiendo. No son las distancias físicas el problema, sino los mentales. Las primeras llegamos a encontrarlas y a completarlas fácilmente, las segundas son dificilísimas. Hacer sexo es fácil para cualquiera, pero crear una complicidad con la persona con la que lo hacemos es más difícil, y transformar después dicho sexo en un acto de amor es casi imposible.
El cuerpo tiene exigencias distintas al alma. El cuerpo busca el placer, el alma necesita otras cosas. Necesita la eternidad. Necesita la verdad, la lealtad, la complicidad. Recorrer otros caminos que no son los de las apariencias.
Siempre he desconfiado de las personas que se enamoran muy fácilmente, siempre y de cualquiera. Las que pasan de un zapato a otro con mucha facilidad o que tienen los pies en dos zapatos a la vez. Esas que han amado muchas veces, sufrido muchas veces, que han sentido cosas en muchas ocasiones y después con un golpe de esponja las ves desaparecer y pasar a la escena sucesiva olvidando rápidamente todo lo que pasó en un primer momento; olvidando emociones, sensaciones y momentos vividos juntos. Son esas las personas que defino sin memoria. Las que cambian con facilidad sus sentimientos como se cambia el escenario de un teatro.
Pero los fines revelan los inicios.
Es el modo en el que las personas manejan el fin de un amor con el que se puede percibir con certeza su modo de amar. No se puede entrar en mitad de la vida de otro; quien llega a hacerlo llegará también a salir con la misma facilidad.
Creo que en la vida se ama de verdad muy pocas veces, y si lo que sentimos es un sentimiento grande y único, es difícil extirparlo con facilidad.
A veces tenemos necesidad de estar con alguien solo por disfrutar de la presencia de ese alguien, pero eso no es amor. No es amar. Significa no saber estar en su sitio, no saber esperar, no saber cuidar de uno mismo. Sentirse solos es estar con alguien al que no amamos. Esa es la verdadera soledad.
Es el castigo que nos regalamos porque aquello que aparentemente parece una fuerza es en realidad una fragilidad. Pero no existe una receta que pueda ir bien a todos. Es inútil pedir consejos o sugerencias, escuchar pareceres u opiniones si no llegamos a cuestionarnos lo que estamos haciendo para mejorar nuestra vida sentimental.
Creo que en vez de juzgar los comportamientos de los otros, sería más oportuno volver a empezar por nosotros mismos.
Si buscamos el amor, tenemos que dar siempre un paso por delante del miedo y tener el coraje de entrar en el juego.
El amor es una energía siempre en movimiento que se materializa en algunas personas, las cuales a veces se nos acercan. Sabremos distinguirlas solo si sabemos tener un espacio libre en nuestro corazón, buscando un enfoque profundo con lo que se presenta.
Quien no sabe renunciar a sus ilusorias seguridades en el futuro y las quiere transformar en certezas, en-con, el amor pierde el derecho de ser feliz.
No hay prestigio ni mérito en las apariencias de las cosas o de las personas, en la momentánea superficialidad, porque cuando esta se va, no queda nada.
Quedaremos vacíos. Porque todo aquello que creíamos un bien era en realidad un mal.
Y si invertimos nuestro tiempo, habremos hecho el peor de los negocios.
A veces, irse de este tipo de personas significa vencer, significa salvarse.
Las grandes almas que residen en las personas más ricas de espíritu no son las que aman frecuentemente, sino las que viven intensamente lo que amamos.
Amar, al menos, como lo entiendo yo.
Y el alma pregunta.

samuelebeniabram@yahoo.com

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¡IMPERDIBLE! “Infierno venezolano”

No hay agua, porque estamos en plena sequía. Por esta razón hay que recoger el vital líquido y guardarlo en envases de plástico, pero el agua estancada es el caldo de cultivo ideal del Aedes que transmite el virus del zika y no se consiguen los repelentes ni insecticidas. Hay que guardar comida, porque uno no sabe, pero como la electricidad falla, la comida se echa a perder en la nevera. Para conseguir comida hay que hacer cola a pleno sol, pero como la mayoría de los supermercados están en centros comerciales y ahora viene una restricción de horarios de funcionamiento, el tema de las colas se complicará.

Cuando vengan las lluvias, el problema del agua se solucionará, pero entonces las colas ya no serán a pleno sol, sino bajo los aguaceros y la gente comenzará a enfermarse de gripe y medicinas no se consiguen por ningún lado. Como el sueldo no alcanza para comprar a la vez alimentos y productos de higiene personal, la gente ha dejado de bañarse adecuadamente, esto ha determinado que comiencen brotes de sarna en la población y los hospitales están en estado crítico. Ante la escasez la gente se levanta de madrugada a hacer colas para comprar, pero en el interior la guardia nacional arresta a los que salen a hacer cola de madrugada porque dan sensación de que falta comida.

Por la ausencia de medicinas, la gente apela a los que viajan al exterior para que le compren medicamentos al precio del dólar del que no se puede hablar, pero muchas veces en la aduana te las quitan. En Caracas se consiguen más medicinas que en las farmacias del interior del país, pero no esta permitido mandarlas por ningún sistema de envío.

El gobierno exige a los productores de alimentos que mantengan abastecida a la población, pero no les entrega dólares para que importen los suministros que requieren para funcionar. No hay pastillas anticonceptivas, razón por la cual nacen mas niños, pero algunos que hospitales “mueren como pollitos”. Las cifras de inflación no se publican, pero llegan aviones cargados de billetes de 100 bolívares, que cuesta mucho más de cien bolívares imprimir.

Como todo esta muy caro, hay que llevar grandes cantidades de billetes, lo que es una tentación para el hampa en plena expansión. Se le exige a los productores agrícolas que produzcan más y por debajo del costo de producción, pero se le niegan fertilizantes y semillas. Se recomienda a la población que siembre comida en latas y macetas, pero se regula el suministro de agua. Se le pide a los distribuidores que sean más eficientes en la distribución, pero se le decomisan cargamentos y se les atemoriza para que no tengan productos almacenados.

Cemento hay, pero como no hay papel, no puede ser envasado, lo cual afecta a la industria de la construcción. Como los suministros médicos también fallan, algunas operaciones están dejando de hacerse y las que se hacen, muchas veces no pueden seguir los protocolos requeridos. Estamos involucionando en materia quirúrgica. La esperanza en circunstancias difíciles es impulsar la educación, que las universidades mejoren sus sistemas de apoyo a la investigación de nuestras dificultades, pero las universidades no tienen presupuesto. Algunos alimentos regulados se consiguen casi regalados, pero como las penurias económicas aprietan, la gente se dedica a la reventa de comida y la población termina pagando los alimentos a precios exhorbitantes. La gasolina es casi gratis, pero como nuestra industria productora de hidrocarburos esta en crisis, tenemos que importarla de EEUU (nuestro enemigo y causante de todos nuestros males) a precios internacionales para venderla a precios locales.

Los economistas y los productores ofrecen salidas a la crisis, pero como son el enemigo no se les presta atención. La oposición gana las elecciones de la Asamblea, pero el resto de los poderes en manos de uno solo la bloquea. Para aumentar la eficiencia, el gobierno amenaza con expropiar, pero una vez expropiadas, las empresas dejan de producir. El gobierno pierde seguidores, pero aumenta sus redes sociales. La única salida sería rectificar, peral gobierno le resulta menos costoso acelerar rumbo al abismo.

Verdaderamente, el infierno de Dante Alighieri se quedó corto. En el de La Divina Comedia hay tres tipos de pecadores: los incontinentes, los violentos y los traidores, que son los que hicieron mal conscientemente. En estos últimos hay varias categorías: aquellos de quienes se tiene confianza, los traidores de las las instituciones y los traidores de la patria.

Saque usted sus propias conclusiones, amable lector y medite seriamente, no abandone toda esperanza y como el colibrí, llene su piquito de agua y ayude a apagar este infierno en el que estamos envueltos todos.

Por Laureano Márquez.

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Te voy hacer el amor…

Me dijo:
Te voy hacer el amor…
Me sirvió una copa de vino, lleno la bañera 3/4, conocía la temperatura exacta como me gustaba el agua, me quitó la ropa y me ayudó a entrar… me lavó el pelo,  la espalda y los pies. Me llevó a la cama y mientras me secaba el pelo humedecía mi alma, me acostó boca abajo y comenzó a masajear mi espalda, no decía nada pero su suave respiración era lo más bonito que podía oír. No sé en qué momento me dormí… Pero cuando desperté en sus brazos me dijo, hay muchas maneras de hacer el amor, respiré profundo y lo besé. Y esta vez lo hicimos como yo sabia, con el cuerpo. (ese amor salvaje que nace en la piel)
El sabe perfectamente como hacer el amor cada día y es que para hacer el amor no es necesario el encuentro físico, se puede hacer el amor de muchas maneras; con un dulcen una caricia, una mirada, con una sonrisa cómplice, con un abrazo fuerte y sin decir nada, con un pecho amigo donde esconder las lágrimas…

¿Con una flor?

No… él nunca me regaló flores…

(Sin embargo fue capaz de traer la primavera a mi corazón)

Anónimo

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LA MUÑECA DIABÓLICA ENTERRADA

 

Dos amigos encuentran enterrada en el bosque
una extraña muñeca tuerta que parece haberse
convertida en la casa de cientos de gusanos y bichos.
Un escalofrío les recorrerá la espalda al desenterrarla,
nunca debieron haberlo hecho…
Pedro era casi como un hermano para
Juan ya que ambos se conocían desde hace algunos años
y eran inseparables.
Los dos iban al mismo instituto, estaban en la misma clase y,
casi siempre que organizaban trabajos en grupo se juntaban.
Un día la maestra de Ciencias Naturales mandó
una tarea bastante rara aunque ciertamente entretenida:
los alumnos debían traer muestras de distintos tipos de tierra
según el nivel de profundidad, guardando
en bolsitas un puñado de tierra cada cinco centímetros
que horadaran en ella. Como de costumbre,
Juan y Pedro se juntaron para trabajar,
aunque en realidad aquello de “trabajar”
era un pretexto, una excusa perfecta para que
ambos consigan el permiso de sus padres
para ir al bosque de las afueras de la ciudad.
Una vez allí decidieron que no deberían adentrarse
demasiado ya que correrían el peligro de perderse,
no sería la primera vez que algún excursionista
poco experimentado se desorientaba en él
(en algunos casos con funestos resultados).
Marcaron con una tiza todos los árboles por los
que pasaban para no confundir el camino de vuelta
y empezaron a adentrarse un poco más de lo pactado
en las profundidades de la imponente masa de árboles.
Llegado a un punto un extraño claro les llamó la atención.
– Este sitio es perfecto para escavar,
aquí seguro que no nos molestan las raíces
de los árboles y además esas piedras parecen
“cómodas” y podemos sentarnos
a comer un bocadillo- dijo Juan.
– El bocadillo me lo comeré yo mientras escavas,
porque desde luego yo no me pienso
ensuciar la camiseta nueva”
– bromeó Pedro poniendo voz de niña consentida.
– Hagamos una cosa, nos comemos el bocadillo
ahora y con el estómago lleno
nos lo jugamos a cara o cruz”
– dijo Juan que tenía hambre desde hacía casi una hora.
Tras quince o veinte minutos de risas y bromas,
acabaron su almuerzo y Juan sacó una moneda.
– El que pierda empieza, estamos cinco minutos
cada uno y continúa el otro.
Que por la “bruja de ciencias”
no me pienso partir la espalda.
Tampoco vamos a enterrar a nadie,
así que 50 centímetros de profundidad como mucho.
– Vale, prepárate a perder –
dijo Pedro mientras sacaba de su mochila
las herramientas de jardinería que
le había pedido prestadas a su padre.
Juan perdió el lanzamiento y un poco desganado empezó
a buscar por todas partes para elegir donde comenzar a cavar.
Vio de pronto un montón de hongos rojos con puntos blancos,
todos creciendo juntos en el mismo lugar.
Aquello suscitó en él un entusiasmo infantil
que le hizo correr a cavar en el lugar como
si las setas le indicasen con su presencia la
posibilidad de encontrar algo extraño bajo tierra.
– Le voy a guardar unas pocas setas a la bruja,
con un poco de suerte serán venenosas jajaja –
dijo mientras metía en una de las pequeñas
bolsas una muestra de tierra de la superficie.
Al tocar la tierra con sus manos
sintió un escalofrío por todo el cuerpo,
de pronto comenzó a tener miedo y se levantó de golpe.
– ¡Tengo frío, aquí hace más frío que en todo el bosque!
– le gritó a Pedro.
– ¡Jajaja!, ay sí, ay sí, estás encima de un lugar maldito
o hay un fantasma justo donde estás cavando
– le dijo Pedro ridiculizando a su amigo.
Juan por hacerse el valiente siguió cavando
y juntando la tierra en bolsitas diferentes
cada cinco centímetros de profundidad.
Entretanto, Pedro exploraba el paisaje
y jugaba al fútbol con una piedra.
– ¡Mira! –
gritó Juan cuando llevaba unos minutos cavando.
Pedro fue corriendo a ver lo que Juan
le mostraba con tanta exaltación,
una muñeca pelirroja de unos treinta centímetros.
Al mirarla sintió que un escalofrío le recorría
la médula y que el asco se anudaba
en su cuello como una larga escolopendra llena
de punzantes y grotescas patas.
– ¡Aaaaaggh suelta eso! –
exclamó Pedro con una mezcla de terror
y asco mientras se apartaba de aquella
repulsiva muñeca tuerta que Juan sostenía en su mano.
Juan que parecía confundido miró de nuevo a la muñeca
y la soltó horrorizado al ver lo mismo que Pedro:
gusanos, enormes gusanos blancos.
Se contorsionaban dentro
de la cabeza de goma de la muñeca,
se agitaban como poseídos y comenzaron
a sacar sus pequeñas cabezas
por la cavidad en que alguna vez estuvo
el ojo faltante de esa muñeca pelirroja
cubierta por una ropa que misteriosamente
conservaba su blancura casi intacta…
– Pero si cuando la desenterré estaba bien,
era preciosa y parecía sonreírme.
El único ojo que le quedaba a la muñeca era inquietante:
grande pero con la parte blanca pintada
de negro y con un iris pequeño e intensamente
rojo en el cual había una diminuta y demoníaca pupila.
¿Qué clase de enfermo mental habría
escondido una muñeca tuerta bajo tierra?
¿Por qué los gusanos se aglomeraban en la cabeza de la muñeca?
¿Sería verdad lo del frío que mencionó Juan?
Ambos chicos, realmente asustados,
salieron corriendo del lugar, sintiendo como
la mirada del único ojo de esa muñeca se les clavaba en la espalda.
Únicamente pararon un par de veces,
veces en las que Juan se detuvo a vomitar,
cosa normal si pensamos que tuvo en sus manos
cientos de gusanos sin darse cuenta.
Pero al llegar a casa a Juan
parecía que no le abandonaban las nauseas,
seguía vomitando y su cara tornó a un tono amarillento pálido.
Los dos amigos pensaron que se recuperaría en una par de horas,
pero no fue así, con el paso de los días cada vez estaba más delgado,
pálido y débil. Tenía el aspecto de uno de esos enfermos
terminales que llevan años luchando contra
la muerte en una habitación de hospital
y los médicos no acertaban a diagnosticar
una causa para su enfermedad.
Una semana después de desenterrar la muñeca Juan murió.
Desconsolado por la muerte de su amigo,
Pedro empezó a relacionarse cada vez menos
con los demás y a pasar los recreos en la biblioteca del colegio,
en su casa devoraba libros ávidamente y los fines
de semana visitaba librerías.
Los libros eran sus nuevos amigos, y su refugio.
Buscaba explicaciones médicas y poder entender
que le pasó a su amigo, pero los síntomas
que sufrió Juan eran tantos que parecía
que había contraído varias enfermedades
mortales simultáneamente.
Un día, en una extraña librería,
Pedro encontró dentro de la sección
de Esoterismo un libro sobre ritos y leyendas.
Era un libro viejo y usado, un libro de esos
que ya casi no se encuentran y que tienen extraños
dibujos entre sus páginas cubiertas de polvo.
Allí decía lo siguiente junto al dibujo de una muñeca igual
(excepto por que no estaba tuerta) a la que encontró su amigo:
‹‹El que tenga un mal incurable, que entierre una muñeca
igual a ésta mientras entona esta invocación.
Su enfermedad quedará atrapada en la muñeca.
Pero el primero que la encontrase recibirá
la enfermedad y morirá salvo que realice este mismo ritual››
Todo estaba claro: los gusanos, los hongos, el frío,
todos eran indicios de que la muñeca que
encontraron en el bosque era una muñeca maldita.
Una muñeca en la que por medio de algún pacto o
brujería alguien había desatado una maldición
que condenaría a enfermar a aquel que la encontrara
mientras él curaba su cuerpo y sentenciaba su alma.
Tomada de la Red

En algunas creencias del vudú el uso de muñecos
que simbolizan personas es habitual, estos “fetiches”
pueden tanto usarse para hacer daño como para controlar
a sus víctimas. En sí el muñeco es la representación
de una persona y sufre y padece todos sus males
y por contrapartida todo daño o mal hecho al muñeco
lo sufre la persona ligada.
Esta leyenda probablemente naciera como
la adaptación de estas prácticas de magia negra.

Deja la luz prendida, por si acaso..!!

Feliz Noche

Un secreto de amor.

Se había levantado sobre las siete de la mañana, muerto de cansancio. No había dormido nada; durante la noche se había despertado varias veces para ir al baño, había hojeado las páginas de una revista, incluso se había preparado una taza de leche caliente que había tomado sentado en el sofá delante del balcón. Todas esas pequeñas e inútiles cosas nocturnas que le condicionaban el humor y el estado de ánimo del día siguiente.
Recién levantado se había dado una ducha fría seguida de una taza grande de café caliente.
Sentado en un banco en el centro de la habitación, miraba alrededor y observaba con curiosidad aquellos rincones de la casa a los que normalmente no hacía caso intentando descubrir algo nuevo y misterioso. Como si durante la noche todo aquello que lo rodeaba pudiera transformarse en algo diferente.
El apartamento donde vivía, un pequeño ático de 50 metros cuadrados con una terraza desde la que se veía toda la ciudad, estaba en un séptimo piso sin ascensor. En la terraza había instalado una pequeña piscina la cual iluminaba en verano con velas colocadas en los bordes. Cuando por la noche llegaba a casa cansado del trabajo, se sumergía en aquella agua fresca degustando el último vaso de vino del día; Estaba allí dentro alrededor de una hora, pensando, ajeno a los ruidos y lejos de la gente.
El apartamento en cuestión parecía un campo de batalla, un verdadero desastre. Ropa por todos lados, zapatos debajo del sofá, revistas tiradas por el suelo, platos sucios en el fregadero desde hacía dos días y el cenicero, aunque no fumaba, lleno de cigarrillos de los amigos que lo visitaban. La mesa de madera cercana a la ventana estaba desbordada de papeles, de libros, de apuntes y de cuentos que aún no había terminado. No había espacio para nada.
Alrededor de aquel desorden que se le presentaba cada mañana cuando se levantaba, sus pensamientos crecían y circulaban sin parar. No le gustaba hacer las cosas con prisa. Necesitaba su tiempo; estaba ya acostumbrado desde hacía mucho a vivir solo y le gustaba aquel ritmo.
Le gustaba tomarse, sobre todo por la mañana temprano, un tiempo para él, donde, en el silencio, en la calma, en la tranquilidad y la soledad, reordenaba las sensaciones vividas y probadas durante la noche anterior.
Y así, aquella mañana, mientras una lluvia caía punzante sobre la ciudad ya desde hacía varios días y sus pensamientos vagaban libres, le vino de nuevo a la mente tres noches antes cuando fue a cenar con una amiga que no veía desde hacía tiempo. Lograba recordar nítidamente en los detalles, los diálogos que tuvo con ella y las palabras que se dijeron.

En el restaurante no había mucha gente y fuera hacía frío; él se había sentado en una mesa y hacía poco que había pedido una botella de vino. Ella llegó con veinte minutos de retraso y entró por la puerta con paso decidido, cuando lo vio, fue sonriendo hacia él. En el momento que se sentó aún antes de saludarlo y quitarse el impermeable, comenzó con ímpetu a contarle su vida.
Piel aceitunada, pelos rizados y negros como el carbón, ojos verdes como dos esmeraldas, un cuerpo marcado por el tiempo.
La recordaba simpática, alegre, inteligente y exigente en sus elecciones, sobre todo en lo referente a los hombres.
Hacía por lo menos ocho años que no se veían y a pesar de vivir en la misma ciudad; tenían vidas completamente diferentes, dos caminos opuestos que los habían llevado a perderse de vista.
Él había vivido una vida aventurera, sin miedo, que lo había llevado con los años a seguir sus pasiones y a quedarse solo pero feliz; porque esa había sido su elección. Consideraba impensable que el amor de su vida fuese algo ligero o superficial, sin peso. Creía, por el contrario, que su amor necesariamente tenía que ser la cosa más importante, sin el que la vida no hubiera tenido el mismo valor. Ella, había buscado una vida segura, adaptada, planificada, que la había llevado con el tiempo a casarse y a tener dos hijos y un trabajo estable y bien remunerado en la farmacia de propiedad del marido.
Esa había sido su elección.
Salió con aquella mujer cinco años antes de que conociera a su marido, antes de casarse, antes de tener los niños, antes de que tuviera un trabajo seguro…, antes de todo aquello… Ella era otra mujer, una mujer que lo había hecho enloquecer.
Mientras ella le hablaba sin parar, sin perder el aliento y a una velocidad sostenida, él, sentado allí delante, moviendo los dedos sobre la mesa, la observaba y se detenía a pensar en el tipo de vida que ella había llevado. La escuchaba sorprendido y curioso, prestando atención a lo que decía, incrédulo también por el tono triste y melancólico de sus palabras llenas de nostalgia.
Cuando llegó a hablarle de su marido, le mostró una foto que tomó del bolso, reconociendo explícitamente haber tenido mucha suerte por haber encontrado a un hombre tan fantástico, atento y siempre educado, que la quería mucho y no dejaba que le faltase nada. Un óptimo marido y un maravilloso padre para sus hijos. Él, que era escéptico por naturaleza sobre las afirmaciones de las mujeres, observaba sin mucho interés aquella foto, notando que el marido parecía más bien un buen amigo, un compañero de trabajo, una persona con quien contar, con quien hablar y confesar las propias inquietudes, pero eso, estaba lejos de hacer vibrar el alma de una mujer, de hacer palpitar su corazón, de enamorarla. Acostumbrado a vivir dentro de los esquemas, y programado también en el modo de amar, transmitía desde aquella foto una cierta inexpresividad que con el tiempo se habría transformado fácilmente e aburrimiento y ausencia de pasión. La vida, para un tipo de hombre así, no era una suma de experiencias más bien, un cúmulo de hechos para poder decir que había vivido. Estaban juntos y formaban una pareja, pero era una de aquellas tantas parejas para las que el estar juntos representaba solo una etiqueta visible, superficial y pasajera que se resquebraja a la primera diferencia.
Como se resquebraja todo lo que es simple y sin sustancia al primer obstáculo. Él todo esto lo sabía bien, la vida le había servido de escuela. Pero no se pronunciaba, no decía una palabra y continuaba a observarla.
Con ella, cinco años antes, vivió una gran historia de amor y de pasión. Entre los dos existía una química y una complicidad que los unía en un amor que parecía eterno.
Después de casi ocho meses que estaban juntos, él le pidió que lo acompañara a un viaje que tenía que hacer por trabajo por Latinoamérica, en Brasil, y continuar así, ese gran amor que parecía que no tener fin. Hubiera tenido que establecerse durante un año en Salvador de Bahía.
Era un chico lleno de vida, con una insólita creatividad y una admirable energía para afrontar las cosas. La fantasía que tenía lo llevaba con frecuencia a viajar, pero no quería nunca irse sin ella.
Pero ella…, para su gran sorpresa, ¡rechazó!
Trató de imponerse con sus exigencias, con sus prioridades de mujer, con sus ambiciones, con la necesidad de vivir otro tipo de vida, otro tipo de amor, y juzgándolo inmaduro e irresponsable, ¡lo dejó!
Fue entonces, solo después de pocos meses, que él desilusionado por la respuesta se fue de viaje, que ella encontró otro hombre, el que ahora era su marido.
Y ahora estaban allí, después de tanto tiempo sin verse, uno delante del otro.
Ella le hablaba, le hablaba…, hablaba delante de él que la miraba a los ojos verdes esmeralda cubiertos de un velo de tristeza, casi un velado de añoranza por no haber vivido y aprovechado ciertos momentos de vida que se le habían presentado como una felicidad escondida. Había tenido demasiada prisa por olvidar, por no sufrir, pero, sobre todo, por sustituirle y seguir adelante con su vida.

— ¡Con todo lo que me dices, no he entendido aún si eres feliz con este hombre! No he entendido si la vida que llevas te gusta y si estás bien con él. Creo que has llegado a transformar todos tus sueños en realidad. La realidad que tú querías y buscabas. Un buen trabajo, una casa bonita, una familia, los niños… pero cuando escucho tus palabras, noto un velo de añoranza, y cuando observo tus ojos ese velo de tristeza que los envuelve, se hace aún más evidente, y las sensaciones que me llegan hablando contigo me dicen que hay algo que no está bien…, ¿quizá me equivoco?

Esta pregunta abrió una puerta que ni siquiera él habría podido nunca imaginar lo que se escondía detrás. La expresión de ella cambió, se arrancó la máscara que la escondía de la verdad, y asumiendo aún más aquella cara de resignación, le confesó un secreto; el famoso secreto que tenía escondido dentro durante tanto tiempo… todo aquel tiempo que habían estado sin verse.

— ¡Nunca he amado a mi marido! Me casé con él para olvidarte. He creado una familia y he tenido dos hijos para intentar destruir las sensaciones que había alcanzado viviendo contigo y poder reordenar con calma mis pensamientos tan confusos. Cuando nos dejamos, yo estaba confundida, tenía miedo; insegura e impulsada por la desesperación y la tristeza interior, me agarré a aquel hombre, como te agarras a un árbol para no caerte.
Y aquel hombre…, como un árbol creó un fruto que no era suyo, porque no le pertenecía. Mi matrimonio ha sido un matrimonio de conveniencia y no de amor. Yo siempre te he amado a ti y nunca he dejado de hacerlo.

Las ganas que le permanecían dentro eran visibles y palpables, y no hacía nada para esconderlas; manifestaba abiertamente que él había sido su gran amor.

-Continúo deseándote como el primer día y nunca he dejado de hacerlo. Llevo todavía dentro de mi corazón, todos los momentos vividos y compartidos contigo, y cuando a veces estos pensamientos me atormentan por la noche, me levanto y salgo de la habitación que comparto con mi marido.

Él, al escuchar aquellas palabras, se quedó helado.
No habría imaginado nunca que aquella mujer aparentemente feliz conservaba dentro de sí misma un secreto inconfesable.
Nunca hubiera pensado que lo que le estaba contando tuviera un fundamento de verdad. Después de tantos años sin verse, creía que el tiempo había tenido la capacidad de borrar y olvidar. ¡Pero se equivocaba!

“El tiempo no borra ciertos recuerdos, no borra ciertas sensaciones vividas; el tiempo ayuda a superar para seguir adelante, pero no tiene la fuerza para hacer olvidar.
Nada se olvida, se puede solo recordar menos, pero todo lo que un día ha hecho brillar nuestra alma y llorar nuestro corazón queda sepultado en nosotros”.

Ella comenzó a contar con detalles los momentos vividos junto a él, el gozo y la alegría, los llantos y la risa que habían compartido años antes cuando salían juntos, con una nitidez y lucidez como si los hubiesen vivido hace solo una hora. Lo tenía todo claramente escrito en la mente como en un diario invisible que transportaba dentro de su corazón.

—Muchas veces haciendo el amor con mi marido he pensado en ti. Cuando nació mi primer hijo, teniéndolo entre los brazos, pensaba en cómo hubiera sido si ese niño hubiera sido tuyo. Mi marido estaba siempre presente en cada momento de mi vida, pero yo te deseaba a ti. Llegué a un punto en el que no podía soportar ni siquiera su presencia. Después de tres años de matrimonio probé a escribirte, a llamarte, a buscarte. Hubiera querido volverte a ver solo para tomar un café contigo, pero el miedo, el orgullo, las circunstancias en las que se desarrollaba mi vida me lo han impedido.
—Pero ¿cómo has podido vivir con este pensamiento dentro de ti? ¿Sobrellevar cada día esta lucha entre el corazón y la mente? ¿Estar físicamente con un hombre, pero desear con tu alma a otro?
—Pero ¿cómo no lo entiendes? Estaba insegura, confundida, tenía miedo de perder todo y de encontrarme sin nada. Quería convencerme de que para ti yo había sido un juguete del momento, una diversión, una cosa que hubieras sustituido fácilmente.
— ¿Para mí? ¿Un juguete del momento? Pero ¿qué dices? Tú para mí representaba el amor, el verdadero amor.
Pero ¿cómo no has podido entenderlo? Cuando me dejaste y tuve que irme solo, te pedí, te supliqué, te imploré para que vinieras conmigo. Para no destruir lo que existía entre nosotros, lo que la vida nos había regalado. Hice lo posible para hacerte entender que a veces en la vida, como en el amor, los instantes no se repiten y destruir algo grande es como ofender a la propia alma.
—Lo sé…, lo sé, perdóname…, perdóname, me he equivocado. Pero tenía medo. Eras tú el hombre de mi vida, eras tú el hombre que yo quería amar y no a mi marido.
Él solo ha sido un pretexto para salir de aquel desconsuelo donde había caído cuando te fuiste.
— ¡Fuiste tú quien me dejó!
—Sí…, sí es cierto…, es cierto. Y sin saberlo, caí en un pozo profundo.

Él, atento a lo que ella entre las lágrimas que le caían surcándole el rostro le decía, llegó a mala pena a balbucear alguna palabra sin sentido.

—Pero ¿por qué no me buscaste? ¿Por qué no me decías nada cuando estábamos juntos? Cuando salías conmigo tenías siempre una actitud arrogante, egoísta y prepotente. Estabas siempre rodeada de amigas y tan sumergida en tus cosas, que cuando me fui, pensaba lo contrario de lo que me dices ahora. Decidí irme aunque fuera sin ti, porque no veía en ti una mujer que me amara por lo que era, por el contrario, te sentía fría y hostil, y pensaba que no te interesaba más.
—Pero ¿no lo entiendes? ¡Tenía miedo! Miedo de enamorarme aún más de ti, miedo de sufrir, miedo de vivir una vida que hubiera sido un infierno a tu lado, siempre lleno de mujeres a tu alrededor, siempre dispuesto a viajar, siempre con una alternativa de vida.
— ¡Pero yo te pedí mil veces que te vinieras conmigo!
— ¡Tenía miedo! ¡Miedo! ¿Lo entiendes? Quería algo más seguro, más concreto, un futuro estable, quería darle a mi existencia una forma definitiva, pero no habría nunca podido imaginar que todas aquellas cosas hermosas que yo deseaba no tenían nada a que ver con la felicidad y con el amor, y si no se ama…, nada tiene sentido.
—Miedo…, miedo… ¿Tenías miedo? ¿Y yo? ¿Qué lugar tenía yo en tu miedo? Mejor…, mucho mejor tener miedo de las cosas y luchar por estas si cree que para ti valen la pena, que no temerlas pero estar aburrido al tenerlas.
Buscabas la estabilidad, la tranquilidad, pero ¿no sabías que la tranquilidad, a veces, se transforma en aburrimiento? Que no es otra cosa que la pérdida por parte del alma de la capacidad de ilusionarse, de soñar, de transmitir la pasión de amar. Esa tranquilidad que tú andabas buscando nace de la idealización de la persona (amada), porque por un encantamiento de la fantasía que te traiciona, crees haber conseguido el verdadero equilibrio. Pero después…, el tiempo que juega a favor de la realidad y de la verdad produce un desencanto y transforma (ese amor) en un afecto ausente de pasión o en la amargura de la desilusión.
En amor, como en casi todas los demás asuntos humanos, el acuerdo cordial es el resultado de un malentendido. Es muy fácil confundir el sentir con la compañía, el desear con el aceptar, la conveniencia con la oportunidad y el amor con la amistad. El amor…, en el alma no es otra cosa que pasión de prevalecer, en la mente es deseo de vivir y en el cuerpo es poseer lo que se ama. Pero para ti el amor era otra cosa. Querías amar lo que necesitabas, lo que te hacía estar bien, lo que te parecía cómodo y te convenía, lo que no te hacía pensar porque te resultaba fácil vivirlo. Y te convenciste de que eso fuera el amor. Pero el amor, amiga mía, es para los valientes, los demás es pareja.
— ¡No!, no… ¡No es así! ¡No es así! El amor también puede ser acompañado de un miedo terrible, el miedo al futuro y al riesgo a ir mas allá. El miedo de que todo conlleve solamente a la muerte de nuestra llamada libertad.
El miedo de ser heridos, porque amar significa hacerse vulnerables, amar es siempre un riesgo. A veces es mejor permanecer en el propio caparazón cerrado en sí mismo, porque basta una mirada para vacilar, basta que alguien tienda la mano para que inmediatamente se advierta todo lo frágil y vulnerable que somos, para que todo se derrumbe como una pirámide de fósforos y nos encontramos solo. Y yo, tenía miedo de que eso pudiera ocurrirme a mí.
— ¿Es por eso por lo que me dejaste? ¿Por qué no fuiste capaz de vencer tu miedo? Pero quien nada arriesga no hace nada, no tiene nada y no es nada. Podrá evitar el sufrimiento, quizá, pero no podrá aprender, sentir, cambiar, crecer, vivir o amar. Será un esclavo encadenado a sus certezas y a sus obsesiones. Quizá…, nunca se desilusionará ni sufrirá como los que tienen un sueño por cumplir, pero cuando se mire detrás de sí, tendrá la sola certeza de haber malgastado la propia vida, una vida sin amar.

Entre ellos, se produjo un largo momento de silencio, se habían dicho lo que habrían debido decirse muchos años antes y quizá, si hubieran hablado, hubieran podido salvar su relación, pero ninguno de los dos venció su propio orgullo. La cena había terminado, el camarero había ya quitado las mesas y en poco tiempo, el restaurante cerraría, ellos eran los últimos dos clientes que quedaban. Se levantaron y uno delante del otro salió del restaurante.
Hacía un frío terrible, un viento helado cortaba la cara, y una ligera lluvia anunciaba una noche aún más terrible.
Delante de la puerta del restaurante, antes de separarse, él la abrazó estrechándola como si quisiera protegerla o defenderla de alguien, en un abrazo denso y profundo que valía más que muchas palabras. En poco tiempo, ella habría vuelto a su vida de siempre, con su marido, en su casa; y el, en su apartamento, con su silencio y su soledad, con la vida que había elegido.

—Perdóname… —dijo ella, apartándolo un poco—. No he conseguido vencer mi miedo…

Él no dijo nada, la miró a los ojos durante un largo rato y desapareció bajo la lluvia.

¿Cuánta voluntad había tenido que emplear aquella mujer para llevar adelante aquel tipo de relación? ¿Cómo podía haber reducido el amor a una simple circunstancia de la voluntad, de la tranquilidad, del momento, de la conveniencia o de una sustitución por el miedo a quedarse sola? ¿Qué fuerza invisible la había empujada a escapar de una relación que ella amaba para entrar en otra que no le daba ni siquiera el sabor de la existencia?
He entendido que la felicidad no consiste en encontrar a alguien a toda costa para hacer un camino junto. Ser felices significa tener a ese alguien que nos hace vibrar el alma y latir el corazón. Solo con esa persona aquel camino tiene un sentido. Muchos temen que la felicidad sea un bien lejano, casi inalcanzable, motivo por el que corren hasta más no poder con la esperanza de acercarla, sin darse cuenta de que cuanto más corren, más se alejan.
La mayor parte de las veces, la felicidad se esconde en la periferia de lo que hacemos, y aunque no es evidente, es accesible a cualquier ser humano, a prescindir de su fortuna, de su condición social, de sus capacidades intelectuales, porque la felicidad no depende tanto del placer, del amor, de la consideración o de la admiración de los otros, sino de la plena aceptación de uno mismo… que consiste, en tener el coraje de recorrer el camino para el que has nacido.
He pensado, según mi filosofía de vida, que no todos nacen para hacer las mismas cosas o seguir los mismos caminos, tener un trabajo, una familia, tener hijos.
Cada uno de nosotros encierra en la profundidad del propio ser una semilla distinta que germina de forma diferente y que necesita de otras cosas. Esa semilla representa lo que estamos destinados a ser y a convertirnos.
Estamos demasiados preocupados por el futuro y ausentes delante de todo lo que se nos presenta. Parece que el mal, el dolor, el sufrimiento, la tristeza, vengan siempre desde fuera y no nos preguntamos nunca si somos nosotros mismos los que lo hemos creado. Casi nunca pesamos que lo que nos sucede sea una consecuencia de aquel universo donde los sueños y las ambiciones se mezclan confundiéndonos las ideas, y muchas veces conduciéndonos fuera de nuestro camino.
He pensado en lo que no podía saber ni entender, todo lo que no podré nunca saber ni entender, pero no he conseguido encontrar ninguna respuesta que me convenza.
Solo he entendido que se llega al fin de la vida, a veces, ni siquiera mirándonos a los ojos, o quizá se llega al final de algo, o al final de cada probabilidad que aquella cosa en aquella vida cambie. Nos viene concedido solo un largo momento de pausa para pensar, para entender cuánto basta y revolviéndonos en la fatídica pregunta… ¿Dónde nos hemos equivocado?
Y el alma pregunta.

samuelebeniabram@yahoo.com

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El Café

Tras un largo día de trabajo, hace poco que he vuelto a casa. Esta noche una amiga me ha invitado a una fiesta de “solteros”; una de esas patéticas fiestas llena de hombres que no follan nunca, y de mujeres que buscan desesperadamente alguno que lo haga.
Un poco contra mi voluntad me he dejado convencer para ir. En el fondo, estas reuniones de almas perdidas me despiertan curiosidad y me divierten. Cada uno de ellos para llamar la atención de otro da una imagen de sí mismo que no se corresponde. Los hombres se convierten en más serios e interesantes y las mujeres, en más ingenuas y románticas. A mí me parecen todos pésimos actores.
Cada uno es como es, con sus valores y sus defectos; si se vende de un modo que no le pertenece, con el tiempo lo que ha creado artificialmente será destruido porque está ausente de sustancia.

Mi amiga, que es una navegante nata en el organizar ciertas fiestas, me ha afirmado muchas veces que sería una noche excepcional, llena de mujeres interesantes para conocer. Yo lo he dejado hace tres meses con la que creía que fuera mi gran amor, al menos lo esperaba. Tras un año de pasión, todo se ha terminado.

— ¡Incompatibilidad de vida! ¡Incompatibilidad de caracteres! —me ha dicho cuando ha cerrado la puerta al irse—. ¡Somos incompatibles!

¿Qué significa incompatibilidad de vida?
A mí me ha sonado inmediatamente como una imbecibilidad colosal, pero mi tentativa de convencerla para continuar nuestra relación no ha servido para mucho. Se ha ido corriendo.Yo me he quedado aquí y aún me estoy depurando. Tres meses son pocos, no para olvidar, sino para superar.

He llegado puntual, a la hora indicada en la invitación. El sitio es bonito y acogedor. Me encuentro en un restaurante de moda en el que han puesto dos largas mesas decoradas y adornadas con todos los detalles, no han dejado nada al azar.
Me siento en mi sitio, esperando tener suerte.

Los sitios están asignados según un criterio específico, alternando los números de los hombres escritos en azul con los números de las mujeres escritos en rosa.
Aunque estoy rodeado de gente, no llego a alejarme de mi individualidad. No me alejo nunca de lo que vive dentro de mi corazón.

Cada hombre existe en base a lo que siente y recuerda de su vida, y el recuerdo de ella, hace de dueño en mis pensamientos.

Una chica con un vestido negro se sienta cerca de mí. Tiene ganas de vivir, de divertirse, de hablar de todo con todos.
Es guapa y simpática y los chicos a su alrededor le prestan mucha atención.
Los argumentos se suceden en el modo más variado, como el vino que nos ofrecen, primero tinto con la carne, después blanco con el pescado, rosado con los dulces y para terminar, una copa de cava.

Antes… si tenías la persona justa junto a ti, un vaso de agua y un bocadillo eran suficientes para ser felices; hoy…tenemos todo y estamos solos y tristes.
Esta fiesta me ha cansado, y esta tipa sentada cerca, aunque sea muy atractiva, también. Quiere ser muy simpática, muy abierta, muy disponible, muy accesible, tiene siempre algo que decir. ¡Demasiado!

Aunque admiro y me gusta la vivacidad intelectual, no me gustan las mujeres muy abiertas, muy expansivas, muy disponible, el “muy” no va conmigo. No te hacen sentir exclusivo. Parece que para ellas, todo puede ser sustituido fácilmente. No puedes decir a todos lo que piensas ni tampoco lo que haces, y aún menos como eres. Es como exponer la propia vida en una plaza. Difícil de soportar a la larga una mujer así, para uno como yo que en las mujeres le gusta el misterio, la discreción, el dulce temor, el juego de miradas.

Es casi hora de irse, tres horas de continuas gilipolleces son suficientes para destruir a cualquiera. Me pregunto siempre por qué el mundo está lleno de gente así, poco interesante para conocer. Su miedo no es el miedo a la nada, sino el miedo de existir, de pasar de un instante a otro. Por esto, su existencia es discutible.
Esbozando una embarazosa y falsa sonrisa a los chicos sentados junto a mí, me levanto.

—No eres un tipo que hablo mucho, ¿verdad? —me dice la chica a mi lado casi para despertarme de un pensamiento del que no encontraba vía de escape.

No tengo ganas de explicar a nadie el porqué hago una cosa y aún menos justificarme del porqué la hago.

—No, no es así, solo es que estoy un poco cansado —le respondo con la primera excusa penosa que me ha venido a la mente—. Prefiero irme a casa a dormir, mañana por la mañana tengo muchas cosas que hacer.
— ¡Pero mañana es domingo! —me dice sorprendida.
—El domingo para mí es un día importante, lo dedico a escribir.
—Si te apetece me voy contigo. No hemos tenido mucho tiempo para hablar esta noche. Me gustaría leer algo de lo que escribes.
—Es verdad, no hemos tenido mucho tiempo para hablar, estabas muy ocupada haciéndolo con otros.
— ¿Tienes en casa algo para tomar? —me pregunta.
—Solo tengo vino blanco, afrutado, frío, ¿te gusta?
—Por mí, perfecto; el blanco es el vino que prefiero.

Se ha levantado muy temprano esta mañana.
Yo aún tengo sueño, pero por no dejarla sola, me levanto y desayunamos juntos.
No habla, quizá no tiene ganas de hacerlo porque está comiendo o quizá porque es aún temprano, o con muchas probabilidades porque no tiene nada que decir. Ayer por la noche en la fiesta ha agotado los argumentos. No ha estado callada ni un minuto.
Sentado delante de ella, la observo en silencio.

Tiene una expresión distinta de la que tenía ayer por la noche; parece más relajada, más serena, más calmada, osaría decir que tiene un aire feliz.
Me parece aún más hermosa, más auténtica, más ella. Comienza casi a gustarme.
Está untando el resto de una mermelada de frambuesas en una rebanada de pan muy tostada. Yo giro la cucharilla lentamente en el interior de una taza con café.
Es un movimiento al que le dedico tiempo por las mañanas cuando me levanto, porque me permite pensar. Mezcla y reorganiza mis razonamientos cansados e irracionales de la noche pasada. El café, con su aroma, me despierta el alma, hace que todo comience a moverse dentro de mí en el sentido justo, siguiendo un orden ya preestablecido, como un reloj. También el ruido que hace la cucharilla golpeando los laterales de la taza me llega como un ritmo musical.
Es difícil capturar su mirada. Intento romper esa barrera de silencio un poco engorroso, hablando de cosas banales.

—Nunca he entendido por qué las mujeres tienen siempre que recitar las partes. Hacen algo y luego se arrepienten tras haberlo hecho y entonces comienzan a hacerse las difíciles.

Ella levanta los ojos y me mira sin mucho interés, pero no dice nada. Continúa comiendo su mermelada de frambuesas, dirigiendo la mirada fuera de la ventana.
Quisiera solo una seña de diálogo, cualquier argumento me iría bien, pero no conseguimos encontrar ni siquiera uno.
El cielo comienza a hacer su trabajo como cada día, las nubes pasan lentas y altas, quizá comenzará a llover.

Ella tiene la cara un poco cansada. Tantas aventuras nocturnas justifican sus ojos un poco hinchados. Me dice que se ha cortado el pelo hace pocos días. Lo ha hecho porque, también ella prisionera de sus pensamientos, quería olvidar.
Me he equivocado en juzgarla tan rápidamente; a veces debemos darnos tiempo antes de expresar una opinión.
He escuchado decir que una mujer cuando se corta los pelos, como cuando se los cambia de color, quiere comenzar un cambio en su vida.

Se levanta y, sin decir una palabra, entra en el baño. Se da una ducha exagerada, lo percibo del agua que cae como si estuviera bajo una cascada. Sale aún húmeda, se viste rápidamente sin mirarme y guiñándome un ojo y se va, así como ha venido. Ni siquiera me ha dicho adiós.
Yo no me acuerdo tampoco de su nombre, ni de ella.
Todo ha pasado tan rápidamente que no me ha dado tiempo de asimilarlo.
Esta es la diferencia entre sexo y amor: el sexo vacía, el amor rellena. Pero pienso que es justo vivir también así; sin pensar demasiado y sin demasiadas complicaciones. Dejarse un poco transportar por el momento.
Le he gustado, ha querido follarme y basta, nada más.
Nada de implicaciones mentales, programas de futuro, nada de todo esto. “Carpediem”, se vive el momento y adiós.
De todas formas, las mujeres son complicadas.
Antes… te despertabas en una habitación con una cama y una ventana, desayunabas con algunas galletas y un poco de leche fría del día anterior y se quedaban contigo en casa, bajo las sábanas, hablando, haciendo el amor, riendo. No querían irse.
Después de una noche pasada juntos, tú te convertías en su prioridad.
Hoy… tenemos que hacer frente a los súper apartamentos ultramodernos, dotados de todos los accesorios y amueblados de diseño. Televisión 2000 pulgadas para ver las películas como en el cine, radiodifusión por toda la casa, estéreo para escuchar toda la música posible, ordenador, móviles, Ipad, walkman y tantos otros accesorios que te ayudan a no comunicarte y a aislarte.

Uno está allí, con una mujer una noche entera haciendo el amor como un loco, entre abrazos y suspiros, gritos y palabras dulces. Y después, por la mañana, cuando ella se levanta, lo primero que hace es encender la televisión para ver a qué hora dan su serie televisiva preferida, o va al baño con la música a todo volumen, o enciende el móvil para ver los mensajes de las amigas.

O… tendida en la cama antes de darte el beso de buenos días, enciende su Ipad para escuchar la música de su cantante preferido y se pone los auriculares.
Estamos todos locos, enfermos, frenéticos, esclavos de una sociedad superficial, dirigida por unos pocos listillo que les va bien que no haya una verdadera unión. De hecho, las relaciones de amor se debilitan con facilidad.

Desayunamos con capuchino, café, té, infusiones, la mermelada de moras, de manzana, la fruta fresca, los bizcochos de chocolate, los huevos duros con jamón, zumos de naranja, pan tostado, mantequilla, chocolate, muesly, alubias y salchichas.
Estamos tan preocupado comiendo, con la cabeza pendiente encima de la mesa, que no tenemos ni siquiera el tiempo de mirar a los ojos a la persona que se ha levantado con nosotros. Dos perfectos desconocidos.

La mayor parte de las parejas están formadas por desconocidos que están juntos para hacer algo, para hacerse compañía, para vivir el amor como un ritual, o simplemente porque solos se aburren. Es todo tan rápido, complicado, frío, superficial, desprovisto de alma, de intensidad, de profundidad, de algo que tenga más contenido que me pregunto en qué se ha convertido el amor.

La cucharilla ha dejado de girar y el café se ha enfriado, tendré que levantarme a prepararme otro. El café debe estar caliente como el infierno, negro como el diablo, puro como un ángel y dulce como el amor.
Antes, en Nápoles, en Italia, en el barrio Sanità, cuando uno era feliz porque algo le había ido bien, en vez de pagar un café pagaba dos y dejaba el segundo café ya pagado para el próximo cliente.
El gesto se llamaba -el café suspendido-. Después, de vez en cuando, se asomaba un pobre para preguntar si había un “suspendido”. Era un modo como otro de ofrecer un café a quien no podía pagarlo.

Desde la ventana abierta entra el ruido de la ciudad que se ha puesto en marcha y me empuja a actuar.
Pero no tengo ganas de hacer nada.
Ruido del tráfico, gente que grita, discute, se enfada, la acostumbrada escena de todos los días, el caos.
Mientras me preparo otro café, pienso que vivimos en un mundo sin amor.
Condicionados por la banalidad y nos olvidamos de las cosas importantes.
El cielo ha escuchado mis palabras y se ha oscurecido. Las nubes antes altas, ahora han desaparecido. Dentro de poco comenzará a llover. No tengo ganas de mezclarme entre la gente, pienso que sea mejor volver a la cama y regalar este día a mis pensamientos.
Estar inmóviles, debajo de las mantas sin hacer nada, solo pensar. Pensar es necesario…aparte el domingo, claro.
Y el alma pregunta.

samuelebeniabram@yahoo.com

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ES GENIAL, TOMATE 1 MINUTO Y LEELO!!

Una señora pidió a sus tres hijas que cuando se casaran la llamaran al día siguiente de la primera noche para contarle lo más disimuladamente posible sobre el desempeño sexual de sus maridos, utilizando el lema de algún anuncio comercial.

Después de su primera noche, la hija mayor la llamó y sólo le dijo:
NESCAFE.

La señora quedó confundida, hasta que más tarde vió un anuncio de NESCAFE que decía:

“SATISFACCIÓN HASTA LA ÚLTIMA GOTA”.

Tiempo después se casó su segunda hija, y a la mañana siguiente le llamó para decirle entre suspiros: COLCHONES ROSEN.

La mamá busco la publicidad de Colchones Rosen y leyó complacida:

“VIVE LA VIDA CON TU KING SIZE” (extra grande).

Por último se casó la hija menor, que sólo le llamó una semana después, y casi sin voz le susurró: AMERICAN AIRLINES.

La mamá buscó frenéticamente un anuncio de American Airlines, y antes de desmayarse leyó:

“4 VECES AL DIA, 7 DÍAS A LA SEMANA, LOS 365 DÍAS DEL AÑO, TODAS LAS RUTAS.”

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